Por: Aura Lucía Mera

“Vanitatis”

Trece mujeres en Cali han quedado ciegas —sí, ciegas— por vanidad. Temerosas de sus patas de gallo o de los surcos que se van formando en la frente como caminitos de hormigas, acudieron a donde sus respectivas cosmetólogas o dermatólogas o peluqueras, no sé, llenas de confianza, seguras de que después de la mágica inyección sus rostros volverían a tener la tersura de una nalga de monja (no he visto ninguna, pero eso se cree, por su poco uso).

Lejos de tener un final feliz y una piel de durazno, tuvieron que acudir de urgencia a la Clínica Oftalmológica de Cali, donde el doctor Alberto Castro, su director, eminencia en su profesión, las examinó y les dictaminó el terrorífico diagnóstico: haber perdido la visión para siempre. Las sustancias inyectadas afectaron irreversiblemente el nervio óptico. Ceguera total.

Imagino el sufrimiento de estas jóvenes o no tan jóvenes mujeres. Víctimas de esa trampa mortal que son esos procedimientos que aseguran la eterna juventud. Para no hablar de la adicción a los culos grandes como hipopótamos que es la última moda —por lo menos en Cali— y que no para de tener víctimas fatales. Muertas. Sí, muertas por inyectarse sustancias en el trasero. No sé si motivadas por los primates que ven en el zoológico y que son grotescos. Esa herencia la seguimos teniendo de la narcocultura que partió en dos la historia del Valle del Cauca. Sin tetas, sin culos, no hay paraíso. Punto. Y se siguen tragando el cuento.

No entendemos, o no hemos querido entender, que las cirugías faciales, los hilos templadores y los botox no nos hacen ver más jóvenes, sino que nos hacen ver templadas y sin expresión en la cara. Tengo amigas que ya no pueden soltar una carcajada amplia, sino que se ríen de a poquito porque están absolutamente templadas. Es patético. Ojos fijos incrustados en cuencas artificiales. A veces no cierran totalmente los párpados, labios hinchados como si las acabaran de morder, frentes lisas como pista de aeropuerto, marmóreas sin movimiento. En fin.

Un neurólogo me explicó que en la evolución humana lo que más había tardado fueron las expresiones del rostro, que son nuestro verdadero lenguaje no verbal. Asombro, ira, temor, alegría, ternura y tristeza se reflejan en la cara... y se pierden con las cirugías. Quedamos como máscaras de cera, inexpresivas. Caricaturas casi grotescas de lo que en realidad somos o fuimos.

Más patético aún es observar cómo el resto del cuerpo sigue su inexorable marcha con la edad. Manos, muslos, piernas, espalda, brazos que contrastan cruelmente con esos rostros cerúleos e inexpresivos.

Ojalá esta moda siniestra de templarse y apergaminarse pase algún día. Que las mujeres aceptemos nuestros cuerpos, nuestros surcos, y que esos cambios sean precisamente el reflejo de lo que hemos vivido, amado, sufrido, reído y compartido.

Me duele el sufrimiento de estas mujeres ciegas. Ese es el resultado de la vanidad. ¡Vanitas vanitatis! Despertemos a la realidad y dejémonos de tanta sustancia que nos anula nuestra verdadera sustancia: la intangible, que es la real.

Posdata: El ñoñomil huele a ñoña y no quiero imaginar el hedor cuando se prenda el ventilador. ¡Qué asco!

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