Por: Humberto de la Calle

A Vargas Llosa lo informan mal

Me desconcierta Mario Vargas Llosa.

Terminé con agrado la lectura de La llamada de la tribu. Es, más que todo, un recuento del panorama de las ideas liberales a través de varios pensadores dirigido a recordar, repasar e ilustrar, escrito con la conocida pericia del premio Nobel. Ahora me propongo comenzar Tiempos recios. Pero como abrebocas leí una entrevista de Vargas Llosa sobre su nueva obra, escrita alrededor del derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz.

En ambos libros aparece un Vargas Llosa defensor a fondo de una visión progresista liberal. Un brillante mensaje reformista. No descarta la intervención del Estado y en cambio afirma que los propósitos de Árbenz, si no hubiesen sido frustrados, quizás hubiesen decantado a Latinoamérica hacia una senda de cambio social. No oculta Vargas la admiración que le produce este camino y, en cambio, es un duro crítico de las decisiones de los norteamericanos.

Pues bien. Ahí es donde salta la disonancia cognitiva. Es incomprensible que alguien que en estos escritos proclama su adhesión a las ideas renovadoras y progresistas se muestre cercano en el caso de Colombia a sectores tan retardatarios. Los que proclaman el Estado de opinión por sobre los caminos de la democracia. Los que venden la fallida ilusión de que bajar los impuestos a los ricos produce justicia social. Los que piensan que un acuerdo de paz debe oscurecer las responsabilidades de los victimarios estatales. Los que todavía afirman que la homosexualidad equivale a la lepra. Los que piensan que la Biblia está por encima de la Constitución. O, aun si no lo creen, se asocian con ellos en busca de votos. Se hace lenguas Vargas Llosa sobre la reforma rural de Árbenz. Pero en Colombia acompaña a los que la hacen imposible porque prefieren engordar tierras improductivas. Llama la atención la dureza con la que critica a aquellos que, para atajar las reformas, se inventaron el cuento de que Árbenz era criptocomunista y que Guatemala iba a caer en manos de la dictadura soviética. Hay una pasmosa simetría con lo que ocurre en Colombia a día de hoy. Se estigmatiza a quienes promueven el cambio con igual argumento. Por fortuna las recientes elecciones locales dieron un chapuzón refrescante a la política. El truco que ha consistido en infundir pánico creando fantasmas inexistentes recibió un serio mentís en las urnas. Y lo hizo en favor de las ideas de centro. Dejando atrás el cultivo del odio y el extremismo de signo variopinto.

Hay un tufillo autoritario en Colombia. Solapado. A veces impúdico. Pero ahí está. Imagino que el problema de Vargas Llosa es que mira a Colombia a través de la lente equivocada de quienes han hecho del miedo una mercancía de cambio. Ha sido víctima del garlito que califica a quienes cultivamos el liberalismo progresista como lobos totalitarios vestidos de tierna piel de oveja. Quizás le convenga oír de viva voz a quienes creemos en el reformismo progresista sin caer en las fauces del comunismo.

Coda. Por fin el Gobierno reconoció la marcha del 21. Es claro que debe controlar y reprimir los desmanes. Pero alguien en el Gobierno debe condenar también los grupos de violencia privada que afloran. Ninguna violencia se justifica.

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2019-11-17T00:00:32-05:00

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