Por: Columnista invitado
A mano alzada

Veinte años de la crisis asiática

Por Fernando Barbosa

Cada vez que repaso lo ocurrido en Asia a raíz de la devaluación del baht tailandés en 1997, me pregunto por los economistas, por los organismos multilaterales, especialmente el Fondo Monetario (FM) y, con gran preocupación, por los políticos.

El FM enfrentó la crisis desde la perspectiva de sus economistas, con recetas que fueron mal recibidas por los asiáticos y cuyos efectos negativos son bien conocidos. Si bien posteriormente han tratado de explicar las causas, a mi entender, se han quedado cortos.

Cuando se aplican los modelos de moda a rajatabla, se puede llegar a cualquier cosa. Aquí en Colombia, por ejemplo, se ha llegado a decir que se debe reducir el salario mínimo para poder ser competitivos. Hace 20 años, en Tailandia, la recomendación del FM a la industria cementera fue recortar una gran parte de la fuerza laboral. No lo hicieron y con ello se hizo explícita una notable diferencia entre el modelo capitalista de corte neoliberal y el capitalismo humano que ha tratado de anclarse en Asia y en el que el capital está al servicio de lo social y no al revés.

Si la economía está en aprietos y el modelo plantea como solución el sacrificio de alguien, lo que resulta evidente es la deficiencia del modelo y la necesidad de revisarlo. Si el desarrollo no favorece a todos, algo anda mal. Porque, en últimas, la finalidad de la economía —léase: gobierno— tiene que ser la de proveer el mayor bienestar posible a todos, así sea en grados diferentes.

Sin embargo, los cambios son demorados o imposibles si no existen contrapesos y propuestas de gran calado. Quizás el resurgir de China y sus nuevas propuestas abonen el terreno. Las modificaciones necesarias y el replanteo de las instituciones económicas internacionales están bien identificadas. Pero no pasa nada. Y es que no es fácil darle la vuelta a un sistema que durante más de dos siglos le ha dejado las riendas del desarrollo a la economía con el lamentable deterioro de lo social. Estamos en la búsqueda de un mundo más rico, pero no mejor.

Y sobre la preocupación por los políticos, la siguiente reflexión de Paul Schafer (2005) publicada en World Futures (61: 481-510) sintetiza bien el problema:

“El actual modelo político está basado en la centralidad de la economía. Este sistema no es capaz de resolver los problemas que afectan a la humanidad. Se requiere un sistema político basado en la cultura que lo haga posible y que prevenga un desastre ecológico. Un sistema así haría posible reducir las demandas que los seres humanos le hacen a la naturaleza y colocaría en el centro de los procesos políticos el bienestar de las personas, la seguridad medioambiental y el interés general”.

 

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