Por: Arturo Guerrero

Velitas con vasos contra el viento

Desde la velatón de hace ocho días, parece haberse calmado la matanza de líderes sociales. ¿Qué cambio? Sencillamente que la indignación de calles y parques entumeció el dedo índice de los gatilleros. O más bien paralizó la mano negra que singulariza con cruces rojas a la siguiente víctima, en el listado de los condenados a muerte.  

No hay que equivocarse. Hace 12 años el jefe paramilitar Carlos Castaño lo reveló en su autobiografía Mi confesión, basada en entrevistas con el periodista Mario Aranguren. En el mundillo del crimen organizado no existen asesinatos por casualidad. Cada muerte es una muerte anunciada.

Si los de una banda cometen un crimen que no le gusta a la banda vecina, el jefe de esta se comunica con su homólogo para tomarle cuentas. Ese muerto no entraba en la contabilidad funesta concertada. “Aténgase a las consecuencias”, sería la advertencia que pronto se materializa en cadáveres de la primera cuadrilla.   

Castaño desembuchó el punto más alto donde se confecciona el catálogo de los que van a morir: “el grupo de los seis”. Ciudadanos eminentes, lumbreras del poder, dueños de la vida y de la muerte. No tirita la hoja de un árbol sin la venia de los castigadores y de los fusileros a su servicio.

Los “paras” calificaban su razón de ser como antisubversiva. Palabra profundamente política. Tampoco en esto hay que engañarse. El asesinato individual o colectivo, sistemático o graneado, de personas que son voz y guía de despojados es una fechoría política. No es necesario que detrás tengan un partido o movimiento político. El solo hecho de que esos difuntos se opusieran al poder abusivo tiñe de política la matanza.

La milagrosa suspensión del desangre de líderes, luego de las marchas iluminadas, es significativa. Alguien había ordenado las muertes, alguien las detuvo. No por miedo a acciones de la autoridad legítimamente armada. Ni por temor a represalias. ¿Represalias de quién, si la guerrilla mayor solo quedó con cortaúñas?

Todo indica que esos instigadores o instigador son parte de un cuerpo político que no abandonó la combinación de todas las formas de lucha. La guerrilla sí lo hizo. Después de medio siglo de mezclar política y fusiles, firmó la separación drástica de estos dos elementos. Los otros, los azuzadores de la muerte, continúan vistiendo de corbata en las solemnidades y de camuflado en los mataderos de hombres.

¿Qué los llevó a parar? Las velitas con vasos de plástico contra el viento. Un símbolo, una inutilidad. Tal vez un rapto de prudencia ante la Corte Penal Internacional, ante las exclamaciones de presidentes del mundo y de Naciones Unidas, en fin, ante los ojos de tantas instancias inexistentes en tiempos de Castaño.

Y las redes sociales, que son el moderno aglutinante colectivo. Los trinos, los posts, los memes, los wasaps, los videos, las ocurrencias instantáneas. Estas son los órganos de los sentidos de una juventud que ni lee ni oye ni ve los mensajes fósiles de los medios masivos, tan lejos del hambre y tan cerca de los poderes.  

[email protected]  

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Guerrero

La verdad y la felicidad

“La negociación”, entre primates y aullidos

“We do need more education”

Que lo demás no sea silencio

Noviembre peligroso