Por: Ana Milena Muñoz de Gaviria

Velocidad inaplicable

EN DÍAS PASADOS EL CONGRESO DE la República aprobó una ley que aumenta la velocidad de 80 a 120 km por hora en las carreteras colombianas y de 60 a 80 km en la ciudad. Los motivos, según el autor de la ley que se encuentra para sanción presidencial, es ponernos acorde con los límites de otros países del mundo e igualmente permitirnos aprovechar la infraestructura vial del país.

Si bien en Colombia, de acuerdo con las estadísticas en la materia, la gente anda a velocidades más altas que las autorizadas legalmente, pues en Bogotá más del 83% de los conductores conduce con exceso de velocidad y en Barranquilla ocurre lo mismo con el 100%, la iniciativa a la que he hecho referencia parece razonable. Sin embargo, el problema radica en que una mayor velocidad aumenta la accidentalidad, además de que en realidad en nuestro país no existen las vías y la infraestructura necesarias para andar a esas velocidades.

Las vías en nuestras ciudades son ciertamente escasas y, en el caso de Bogotá, ni siquiera dan abasto para el flujo vehicular normal, produciéndose grandes embotellamientos. Una mayor velocidad sólo podría alcanzarse tarde en las noches, cuando los riesgos de accidentalidad son obviamente más altos. Y aunque comparado con el pasado cercano es cierto que el país ha mejorado en su infraestructura —como dicen los ponentes— nuestras carreteras están lejos de cumplir con estándares internacionales, hasta el punto de que no contamos siquiera con una autopista de verdad.

En un reciente viaje hacia La Mesa me llamó la atención la falta de previsión y de planeación que nos caracteriza y el caos y la falta de señalización requerido en una vía principal como es ésta. La salida de Bogotá es en efecto muy compleja, pues ni siquiera existe una vía rápida y las alternativas, sin excepción, están muy congestionadas. A esto se le suma el estado de algunas de ellas, que las hace prácticamente intransitables. Un ejemplo en este sentido lo constituye la vía alrededor del aeropuerto que conecta con las Américas y que parece un campo en Marte por la cantidad de huecos que tiene. Esta vía, que permite superar el aeropuerto para seguir al occidente, es sin duda transitada por vehículos pesados que buscan salir de Bogotá o transportar pasajeros hacia los suburbios y requiere de un mantenimiento que no recibe hace tiempo.

Cuando se logran franquear estos obstáculos aparece, ya a la salida de la capital, la conocida carretera de Mondoñedo, vía relativamente nueva, que sólo cuenta con dos carriles sin que aparezca probable su ampliación por el número de tiendas, restaurantes y edificaciones que han permitido que allí se construyan. A esta vía angosta, los domingos se le suman numerosos ciclistas que en forma desordenada y a grandes velocidades practican uno de los deportes nacionales, generando situaciones de peligro tanto para ellos mismos como para los vehículos que por allí transitan. Y cuando se logra dejar atrás los racimos de pedalistas, se encuentra uno con que todos los tramos de la carretera tienen doble línea, lo que hace imposible sobrepasar los lentos camiones que transportan las mercancías en nuestra accidentada geografía nacional, con excepción de algunos tramos rectos en los que la presencia de conos indica la presencia de retenes y de controles y la imposibilidad de adelantar.

Con semejante panorama me queda la inquietud de que si la ley es sancionada, no tenga donde ser aplicada, pues de Dinamarca a Cundinamarca sigue habiendo mucha distancia.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ana Milena Muñoz de Gaviria