Por: Miguel Gómez Martínez

Vendamos el sofá

LA DEMAGOGIA CONSISTE EN PLANtear soluciones falsas a problemas reales. Demagogos hay en todas partes. Pululan en la clase política. Pero los hay también en las empresas, las familias, el mundo cultural y ahora en el fútbol.

Desde hace ya largos años ha venido aumentando la violencia en los estadios colombianos. En lugar de imitar las cosas buenas de otros países, copiamos lo malo de otras sociedades e incorporamos el fenómeno de las barras bravas, que tanto daño han hecho en Argentina o en el Reino Unido. Hoy los estadios son lugares peligrosos en los que verdaderas mafias imponen la violencia verbal y física. En estos recintos deportivos sólo presenciamos expresiones de intolerancia y agresividad, muy lejanas del fair play que debe inspirar toda actividad deportiva.

Frente a este fenómeno la Dimayor ha explorado todo tipo de medidas demagógicas. La última de ellas consiste en vender el sofá donde se comete la infidelidad para solucionar el problema. Como si fueran las prendas las que amenazaran con cuchillos y palos, resolvió prohibir el porte de camisetas por parte de los aficionados del equipo visitante. Los directivos del fútbol colombiano, que son lo más parecido a un político, consideran que el problema de la violencia se soluciona si un sector de los hinchas no puede identificarse con los colores de su equipo. Salieron los otros demagogos sicólogos afirmando que es un reflejo de la crisis familiar. Otros demagogos sociólogos con interpretaciones “sofisticadas” sobre la violencia en los estadios, equiparando estos lugares como los circos romanos modernos. Incluso escuché a uno de los líderes de estas bandas de patanes afirmando que todo se explica porque ellos son un reflejo de la sociedad colombiana.

Desconfío de estas interpretaciones, pues en realidad la violencia es el resultado de la ausencia de control. Las graderías son tierras de nadie donde hay expendio de drogas, jefes que imponen las leyes y coordinan las acciones violentas. Los duros de las barras son como verdaderos “capos” que hacen negocios, ordenan ataques y reinan apoyados en el miedo que inspiran. Durante años, monseñor Alirio López intentó con paciencia e inteligencia infundir en las barras bravas bogotanas el principio de la tolerancia y el rechazo a la violencia verbal o física. Con su carisma y dedicación obtuvo éxitos significativos, pero su labor no podía reemplazar el ejercicio de la autoridad. Aceptemos la realidad: estamos delante de un fenómeno de criminalidad que requiere acciones drásticas y ejemplarizantes contra aquellos que utilizan los estadios y sus alrededores para delinquir, amenazar, intimidar y ejercer violencia contra los demás. Hoy los estadios británicos han dejado de ser lugares de violencia. Basta mirar cualquier transmisión de un partido para observar que no hay barreras físicas entre el campo de juego y los espectadores, lo que demuestra el nivel de control que se ejerce sobre los asistentes.

Este no es un problema de prohibir las camisetas o el transporte en buses de los hinchas. Eso es pura demagogia. Lo que hay que hacer es identificar y castigar severamente a los violentos que se han adueñado de los estadios.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Miguel Gómez Martínez