Vendimia

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La vida ha sido pródiga en bautizos. El del agua bendita de la pila, con nombre, sal y luz; la iniciación en ciertas doctrinas orientales; las bendiciones de chamanes médicos y santos… pero nunca había estado en la vendimia, en el bautizo de los misterios de la vid que hacen de Baco un dios para Occidente.

Hoy fue un día completo. 7:00 a.m., vendimia en el valle del Ródano custodiado por picos como dientes gélidos o dedos elevados señalando al cielo. Lo primero, entender que aquí las cepas son menos importantes que el “terroir”; explico: el alma y esencia del terruño en donde prenden la cepa y sus raíces buscando las aguas subterráneas; las noches frías que hacen bajar la savia a los racimos; los días soleados que remontan los jugos a las uvas en un suelo rocoso nutrido con cortezas amigables a los hongos y propicio a unos duendes muy activos.

Lindo día de 22 °C promedio, sol tardío, asoma en rosas y naranjas por los picos alpinos aún sin nieve. Por el momento el cuerpo puede con el trabajo físico de arrodillarse con respeto ante cada racimo ya maduro, cortarlo, levantarse, llenar los baldes que irán a los toneles y cargarlos hasta el pequeño camión que los llevará luego a la cava. Pasamos vid por vid, racimo por racimo, uva por uva... crecen un poco a su capricho los racimos. Como hay de todo en la viña del Señor, hay racimos derechos, retorcidos, productivos, infructuosos, pletóricos, robustos, inanes; muchos maduran mientras otros se quedan en agraz… (uno se agazapó entre un tubo de aluminio cuando joven y al engordarse no pudo salir de su prisión... no llegará al nirvana de ser vino, pero será gran alimento para pájaros). Y el viñador escoge, quita las uvas secas, realiza cirugías delicadas en las uvas podridas que agriarían el mosto… No en vano la Biblia y los poetas han utilizado la metáfora de la vid y los sarmientos.

Desde luego los británicos del tour de catadores que visitaban ese día la cava de Didier pensaban al unísono en lo mismo: ¿cómo será ya el vino, en copa, de unas uvas cuidadas con semejante esmero? Porque además de la tradición de viñadores, estos han decidido que “hay que darle a la viña sus derechos, respetar sus necesidades mesuradas, su capacidad de autorregulación, sus sinergias con el mundo animal, mineral y vegetal...”, y por ello evitan la erosión y han eliminado el uso de agrotóxicos nocivos para el suelo, la uva y la salud. Regresan pues a la poesía de lo orgánico. Y voilà... obtienen en sociedad con el sol de estas montañas unos zumos divinos hijos del humus, de las aguas telúricas y del trabajo amoroso de los hombres y mujeres que participan en el ciclo que va de la semilla a la botella.

Que no digan pues los bebedores que es solamente el alcohol el que transforma la conciencia de vigilia; no se quedan atrás las propiedades antioxidantes de las uvas, los millares de cepas, los manantiales ocultos en las rocas, los taninos, los barriles labrados en maderas de aromas que hay que tener en cuenta en el destino. Quisiera ser poeta para cantarles a estas antiguas labores de la tierra y al milagro de transformar el agua en vino. Por fortuna está Borges:

“¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa / conjunción de los astros, en qué secreto día / que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa / y singular idea de inventar la alegría? / Con otoños de oro la inventaron. / El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones / como el río del tiempo y en el arduo camino / nos prodiga su música, su fuego y sus leones”.

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