Por: Beatriz Vanegas Athías

Venezuela en nuestra desmemoria

Por allá por las décadas de los 60 y 70, cuando el bolívar era tan apetecido como el dólar lo es hoy, en el Caribe y en muchas regiones de Colombia se soñaba “el sueño venezolano”. Representaba ese país la esperanza de salir de la miseria en que los colombianos hemos estado siempre. Y Venezuela nos acogía, hombres y mujeres se iban a trabajar para mandar a sus familias “los bolos” —así llamaban al cotizado peso venezolano— con los que se pagó educación, se construyeron viviendas, se montaron negocios y, cómo no, se compró la famosa grabadora gigantesca que iconizó el ruido característico del caribeño.

En los 80 y 90 la bonanza siguió en la frontera nortesantandereana integrada entre otras poblaciones por Cúcuta, Pamplona, San Antonio (Venezuela) y se sostenía un intercambio comercial de todo tipo de productos. La Universidad de Pamplona de la ciudad homónima recibía a cientos de jóvenes venezolanos que deseaban formarse en “las prestigiosas universidades colombianas” y a cambio los colombianos podíamos cruzar la frontera y hacer mercados de todo tipo en una clara evidencia de que la economía beneficiaba a ambos países, aunque en ocasiones la ventaja era más para los estudiantes colombianos que veían la posibilidad de educarse a un costo muy reducido en comparación con las costosas universidades de otras partes de Colombia. Incontables generaciones de colombianos se profesionalizaron en la Universidad de Pamplona animados por la comodidad que se gestaba desde el vecino país.

Pero llegó esta crisis que ha echado al traste los logros de un proyecto político auténtico y viable como el del presidente Hugo Chávez y Venezuela cayó en desgracia. Y ya se sabe, en tiempos de recrudecimiento de las derechas aupadas por el capitalismo, lo primero que fallece es la solidaridad y la gratitud. El capitalismo es la entronización del individualismo y del sálvese quien pueda.

Me dice una amiga venezolana, cómo estará de mal mi país que ven una salvación en este caos llamado Colombia. Y emigran en masa, por todos los puntos posibles. En Arauca, por ejemplo, la situación es bastante preocupante en asuntos de salud, educación y en general en lo relacionado con derechos humanos elementales. Existe un solo control migratorio en Arauca, que es el Puente Internacional. Mientras, otros 15 puntos no lo poseen, sitios como Saravena, Arauquita, Cravo Norte, Tame. La entrada de venezolanos es continua, los hospitales no les prestan servicios de salud y abundan mujeres en embarazo sin controles prenatales e incluso a punto de dar a la luz que han perdido sus niños. Los hospitales se amparan en alguna jurisprudencia emanada del Ministerio de Salud y las dejan a su suerte. Igual sucede con el tratamiento que Migración proporciona a mujeres venezolanas que llegan a oficiar como trabajadoras sexuales. Hace aproximadamente 15 días, en Tame, un grupo aproximado de 60 mujeres prostitutas, entre las que había embarazadas, fue encerrado por dos días en calabozos insalubres  e inhumanos, listas para ser deportadas. La rápida intervención de la Personería logró que fuesen liberadas. 

Los funcionarios que velan por los derechos humanos de los migrantes han conformado la Red de Personeros de Protección de Fronteras con el respaldo de Acnur, la agencia de la ONU para la defensa de los refugiados. Igualmente los funcionarios sostienen una lucha con los hospitales para que cumplan los mínimos de humanidad.

Arauca es un departamento con un conflicto interno vivo donde se están rearmando fuerzas oscuras para continuar sembrando la guerra. A este escenario inestable vienen en busca de una esperanza los hermanos venezolanos que hoy sufren nuestra desmemoria y a los cuales castigamos con la más absurda xenofobia.

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