Por: Santiago Gamboa

Venezuela: hora cero

A pocas horas de que empiecen las elecciones en Venezuela me viene una avalancha de imágenes, conversaciones, recuerdo de discusiones.

 ¿Quién ganará? Escribo esto desde México, luego de una charla con periodistas como Jaime Avilés o Pedro Cote sobre el futuro no sólo de Venezuela, sino de la relación entre nuestros países. Yo argumento que una hipotética victoria de Capriles (que según nos dice alguien, tiene una ventaja de tres puntos en la última encuesta interna de su partido) le conviene al proceso de paz en Colombia, pues los de las Farc se sentirán un poco más acorralados al no disponer de un gobierno como el de Chávez del otro lado de la frontera.

Pero hay opiniones diferentes: si Chávez pierde, la guerrilla podría no sentirse igual de cómoda en la mesa de negociación y abandonar la partida, radicalizarse. Esto también es posible. Y alguien dice que además Chávez es en sí mismo una “parte” del proceso, y que por lo tanto su salida alteraría el ritmo y habría que esperar mucho para volver a encontrar un lenguaje de confianza.

De cualquier modo, nadie duda de que lo mejor para Venezuela es la alternancia, pero no expresada en términos de erradicación del chavismo, sino como una transición democrática normal en donde el chavismo siga como formación política de oposición. Ahora bien, ¿puede el chavismo ser un partido de oposición? ¿Tiene la estructura para serlo, o es básicamente una forma de gobernar que no podría expresarse ni tendría existencia al no poder ejecutar desde arriba? Si ocurre el anhelado milagro ya pronto lo sabremos.

Capriles tiene aprendida la lección y ya anunció que si gana no hará una política de persecución y revancha, un mensaje destinado a calmar los ánimos del ejército en caso de que Chávez no gane. Esa lección está, entre otros, en la extraordinaria novela La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, donde la figura de Balaguer, funcionario de la dictadura de Trujillo, desactiva desde adentro el sistema y no sólo no persigue a la nomenklatura trujillista sino que la alienta a irse dándoles incluso prebendas. Todo está justificado con tal de evitar una guerra civil.

En Venezuela se teme sobre todo la reacción de Adán, el hermano de Chávez, con un enorme poder sobre los rangos militares del Gobierno, esos que, según dice alguien, si no fuera por Chávez serían choferes de otros generales que fueron llamados al retiro. En estos procesos, los peligrosos son los que no tienen vuelta atrás. Los que no tienen plan B. Son los que mueren matando porque no tienen más opción, y son los que después, en caso de victoria, son proclamados héroes.

Otro interesante paralelo es el que se hace con la campaña del NO a Pinochet, en 1988. Una concertación de partidos (como en Venezuela) que lucha en absoluta desigualdad de condiciones contra el poder (como en Venezuela), y que al final vence porque logra transmitir el mensaje a los abstencionistas y temerosos de que se debe salir a votar sin miedo, pues el abstencionismo equivale a dar un voto a la dictadura y ser derrotado de antemano. Ojalá por Venezuela que todos salgan a votar, con alegría y sin miedo, evocando el eslogan de la campaña chilena del NO, pero trasplantada a su tierra: “Venezuela, ¡la alegría ya llega!”.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Gamboa

Un país ocupado

Hasta siempre, presidente

Malos presagios

Duque, o el baile del cangrejo

Resistir y vigilar