Por: Román D. Ortiz

Venezuela: la hora de la bola de cristal

DURANTE LA GUERRA FRÍA, LOS PAÍses occidentales desarrollaron una nueva ciencia: la sovietología.

Enfrentados a la opacidad de la URSS donde el relevo de un líder se decidía en absoluto secreto, los gobiernos de la OTAN encargaron a sus mejores académicos y funcionarios la tarea de interpretar los signos más insignificantes —el orden de prelación de los asistentes a una ceremonia o el firmante de un comunicado de rutina—  para determinar quién era la figura dominante en el Kremlin. Tras el anuncio de que Hugo Chávez está enfermo de cáncer, los analistas de seguridad latinoamericanos parecen condenados a recurrir a una bola de cristal semejante a la que usaron los sovietólogos para tratar de identificar quién puede ganar influencia en medio del vacío de poder que se abre en Venezuela.

A diferencia de la Unión Soviética donde la barrera para entender el juego político estribaba en el secretismo comunista, el problema en Venezuela reside en la falta de reglas institucionales, la fragmentación de la élite en el poder y la proliferación de signos contradictorios sobre quién es quién en el sistema bolivariano.   En cualquier caso, en medio de la incertidumbre, parece claro que el control de Chávez sobre el gobierno está condenado a declinar. El caudillo se enfrenta a una enfermedad grave que le impedirá ejercer el poder de forma efectiva en el futuro y recortará sus expectativas de vida de forma radical. Esto resulta especialmente grave en un régimen personalista como el venezolano. Ante la ausencia del líder, la maquinaria estatal se atascará y las divisiones entre sus partidarios se agravarán.

Resulta simplista aceptar la explicación oficial de que el tándem formado por el canciller Nicolás Maduro y el vicepresidente  Elías Jaua puede mantener el timón del Estado. Sin el poder aglutinador del Chávez, parece inevitable que se agrande la brecha entre los sectores radicales que apuestan por acelerar la transición al socialismo y los pragmáticos partidarios de conservar un sistema económico mixto que les ofrece inmensas oportunidades de corrupción. De igual forma, no está claro quién mantendrá el equilibrio entre las fuerzas armadas oficiales y las milicias bolivarianas del régimen. En este contexto, cabe preguntarse de qué lado jugarán figuras claves como Adán Chávez, hermano e inspirador ideológico del presidente, el general Hugo Carvajal, cabeza de la Dirección de Inteligencia Militar, o Diosdado Cabello, exvicepresidente, diputado y poseedor de una de las mayores fortunas del país. Eso sin olvidar actores internacionales como Cuba o China.

Semejante lista de contradicciones parece anunciar que la transición al post-chavismo será un periodo cuajado de convulsiones. La perspectiva resulta especialmente preocupante para Colombia. Con más de 2.200 kilómetros de frontera común, Bogotá se enfrenta a preguntas como qué nuevas oportunidades estratégicas proporcionará a las Farc el creciente desgobierno del país vecino o quién mantendrá el control de los arsenales venezolanos entre los que se incluyen centenares de misiles antiaéreos portátiles.  Más allá de la retórica diplomática, la vecindad con la revolución bolivariana nunca ha sido fácil. Sin embargo, el vacío de poder creado por la enfermedad de Chávez puede convertir a Venezuela en la demostración palpable de que en política todo es susceptible de empeorar.

* Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes y consultor en temas de seguridad.

 

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