Por: Columnista invitado

Venezuela y España: crece la tensión

La tensa relación entre el expresidente español Felipe González y el presidente venezolano, Nicolás Maduro, ha llegado a su enésima controversia una vez que, dispuesta la intención de González de viajar a Caracas como asesor en la defensa de los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma, el parlamento venezolano ha nombrado “non grato” al exmandatario socialista español.

La estrategia de González es clara. Si bien se postulaba hace unas semanas como “mediador” para resolver este conflicto político, a la vez que tildaba al gobierno venezolano de antidemocrático y de Estado fallido, en el fondo responde a una intención de profundizar un proceso de victimización de la oposición chavista en la que el encarcelamiento de los referidos opositores ha terminado por propiciar un aura de martirio por la democracia que beneficia a los críticos con Nicolás Maduro.

Es decir, la posición con mayor sesgo antioficialista, encarnada por González, pero también por los exmandatarios Andrés Pastrana, Felipe Calderón o Sebastián Piñera busca encontrar a través de este tipo de posicionamiento una articulación que permita conferir cohesión a la oposición. Una oposición que incluso, a pesar de todo, lo cierto es que desde abril de 2013 se encuentra fracturada por la divergencia de intereses entre la oposición organizada en torno al gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles, y, por ejemplo, la articulada a través del movimiento estudiantil.

El trasfondo de todo es el de una doble confluencia que hace unos días discutía con mi amigo Egoitz Gago. La oposición, aun por mucho fracturada, desde la muerte del presidente Hugo Chávez encuentra una posibilidad, desde 1999 por completo remota, de llegar al poder, aprovechando la falta de legitimidad de Maduro, sus continuos tropiezos con la oposición y los propios cuestionamientos que genera hacia dentro de su partido. De otro lado, el propio Maduro, consciente de esta vicisitud, reafirma su posición política por medio de la radicalización, lo cual (re)victimiza a la oposición y termina por desacreditarla en el sentido más netamente democrático.

La política es indisociable del conflicto. Y el conflicto debe ser resuelto por la política, preferiblemente, dentro de un entorno democrático. Sin embargo, ni oficialismo ni oposición representan, a día de hoy, una posición democrática, de manera que las diferencias son retroalimentadas a modo de polaridad. Antonio Gramsci lo denominaría como la tensión entre lo nuevo que no ha terminado de llegar y lo viejo que no se ha terminado de ir pero, dadas las cosas, sería incapaz de discernir qué es lo nuevo y lo viejo para Venezuela y, en última instancia, y más preocupante, si la alternativa política aboga por una resolución democrática, incluyente, tanto al conflicto como a la diferencia.

 

*Jerónimo Ríos Sierra. Profesor de la Facultad de Administración, Finanzas y Ciencias Económicas de la Universidad EAN.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

Pizano, el testigo “neutralizado”

Censura que enferma

Setenta x Treinta x 7.500 millones

100 días son pocos para el cambio