Por: Eduardo Barajas Sandoval

Venezuela y nuestro destino

Muchos colombianos quisieran votar en las elecciones venezolanas del próximo domingo, porque el resultado les importa; algo que habría sido impensable tiempo atrás.

Las preferencias se dividen aquí, tanto como en Venezuela, entre los dos candidatos presidenciales finalistas, al punto que se percibe un ánimo radical en el apoyo a uno u otro. Este sentimiento de interés es nuevo y significa un avance importante en la consolidación de nuestras relaciones binacionales, aunque lleva todavía la carga de la misma ambivalencia de siempre, que es la que justamente debemos superar.

Nuestras relaciones con Venezuela han estado marcadas por sentimientos encontrados. Ya en su momento muchos santafereños no querían al Libertador por venezolano, pero desde entonces se le tuvo como Padre de la Patria al punto de celebrar su ingenio, sus victorias y todos los actos de su vida con el egoísmo propio de los hijos únicos. Mientras el centralismo bogotano se regodeaba con lo que creía necesario para orientar el Estado naciente, exigía que Venezuela se mantuviese firme dentro del propósito bolivariano de la Gran Colombia, y bastante le dolió la disolución de ese proyecto visionario.

De ahí en adelante, y por mucho tiempo, la mayoría de los colombianos ignoró olímpicamente a Venezuela y no faltó quien la viera como una heredera rica y enojosa de la fortuna del petróleo, que además se apartó por temporadas largas de la cacareada tradición democrática de Colombia. Otros, no obstante, la consideraban tan fundamental que se fueron allá a buscar su destino, y lo encontraron. Mientras que muchos venezolanos significativos vinieron a estudiar a Colombia y se convirtieron en hermanos nuestros, capaces de llevarse el conocimiento y el buen ánimo que aquí casi nadie pudo traer porque de nuestra parte no hubo reciprocidad.

Rómulo Betancourt y Carlos Lleras Restrepo propusieron el primer prodigio de una nueva vida común al hablar de integración. Era el reconocimiento formal de condiciones que permitieron siempre, de manera espontánea, el funcionamiento armónico de una frontera grandísima que en cualquiera de sus versiones, guajira, santandereana o araucana, no se había detenido en problemas de jurisdicción y seguía funcionando como lo había hecho desde antes de la existencia misma de las dos repúblicas, esto es aprovechando la configuración geográfica que, sumada a la cultural, nos hace hermanos.

Hugo Chávez, el irreverente, el de colores y orígenes distintos, vino a sacudir los cimientos de nuestras relaciones y, por la animadversión o el afecto que haya podido despertar, es el responsable de una nueva etapa en la que en Colombia por fin se habla a cada rato de Venezuela y se vive una notoria preocupación por su suerte, seguramente porque ahora sí comprendemos que tiene que ver mucho con la nuestra. En los avatares de la agitada agenda no escrita de nuestras relaciones, miles de colombianos encontraron, por fin, el reconocimiento tan anhelado como ciudadanos de ambos países, de manera que se cumplió una aspiración en la que Colombia les apoyó por muchos años. Y también por las circunstancias de su ejercicio del poder, cientos de venezolanos valiosos, empresarios y académicos, han venido a dar a nuestro país, esperamos que a vincularse para siempre, porque queremos que nunca dejen de ser ni venezolanos ni colombianos.

A estas alturas, más que el interés porque Chávez siga en el poder, o porque gane Capriles, lo que queda, y lo que más debe importar, es que nos hemos encontrado con nuestra hermana, a la que nos hemos venido a dar cuenta que nos unen más cosas que las que pensábamos. Por eso es importante que Venezuela tome la mejor decisión sobre su futuro y sobre todo que dicha decisión lleve a la armonía y a la paz, porque su destino resulta fundamental para el nuestro.

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