Por: Mauricio Rubio

Ventajas y bemoles de aplazar el gustico

Hace una década Álvaro Uribe le recomendó a la juventud aplazar la sexualidad: “ese gustico es para la familia”.

Daniel Samper Pizano criticó a “Monseñor Uribe” por sus “recetas morales sobre el gustico”. Ana Margarita Moreno, con experiencia en adolescentes, reviró: el asunto era de salud pública. “Las enfermedades venéreas, los abortos y los hijos de adolescentes no son problemas personales”. Justificando la prédica paternal, uno de los delfines anotó que “mi papá quería resaltar que la sexualidad se dé con la finalidad de conformar pareja para tener hijos en el futuro”. El tire y afloje persistió y en el 2009 Germán Vargas Lleras se rebeló. La juventud no tenía por qué aplazar el gustico para “disfrutar del ejercicio y protección de los derechos sexuales y reproductivos” como los adultos.

En últimas, la discusión no aportó gran cosa. Los bandos tradicionales, con posiciones vehementes pero gaseosas, no matizaron, ni reconocieron una mínima dosis de razón a la contraparte. El gran desacierto de la propuesta fue mezclarle matrimonio al inicio de una sexualidad cada vez más temprana, un verdadero hara kiri cuando sobran esposas y madres adolescentes. Sin ese descache, el lema uribista es sensato al llegar la pubertad. Sería una locura recomendarle otra cosa a quienes enfrentan un raudal de hormonas. Pero insistir en la castidad es tan terco e incompasivo como candoroso. Los detractores, a su vez, deberían admitir que el supuesto implícito para endosar el gustico, la protección adecuada, puede ser una ingenuidad tan grande como aconsejar posponerlo.

No existen datos masculinos equivalentes a los de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS) y por eso lo que sigue se refiere sólo a ellas. El primer gustico, en efecto, se ha adelantado considerablemente: las mujeres cincuentonas -post píldora, post hippies y post 68- lo tuvieron a los 19 y la siguiente generación cuatro años antes. Las quinceañeras no vírgenes, 7% de la cohorte, se adelantaron otros 2 años. Más que unas conferencias sobre sexo seguro con preservativo, a este último grupo le hubiera sentado el adagio uribista, o píldoras anticonceptivas con la disculpa del acné.

El 6% de las colombianas se iniciaron sexualmente antes de los 13 años; las tardías, castas hasta los 23, alcanzan el 9%. Como para afligir antiuribistas, la ENDS muestra una asociación estrecha entre aplazar el gustico y desempeño educativo: 54% de las mujeres sexualmente precoces tienen sólo primaria y únicamente 2% llegan a la universidad. Entre quienes prefirieron madurar vírgenes, tal vez uribistas, los porcentajes son 20% y 24%. Además de rezagos religiosos, se puede conjeturar que aguantar mucho las ganas exige disciplina y fuerza de voluntad, que son útiles para estudiar; o que el selecto entorno que favorece la educación superior sigue siendo mojigato.

El porcentaje de mujeres que aplazaron el gustico hasta unirse o casarse presenta enormes, y crecientes, diferencias por estratos y nivel educativo. La élite acabó con el requisito del matrimonio para el sexo, pero en las clases populares, menos educadas, la sexualidad más temprana se dio con una tendencia similar en la formalización de las parejas. Así, en las jóvenes con sólo primaria, el nefasto “aplácelo hasta casarse” básicamente significó “cásese rápido”, y de paso “deje de estudiar”.

La lista de enredos del gustico prematuro es peor que la evocada por Ana Margarita Moreno. Iniciarse antes de los 13 se asocia con menor probabilidad (-64%) de un título universitario, más problemas de alcohol (+60%), cercanía a la droga (+84%), venéreas (+32%), aborto (+41%) y hasta violencia de pareja (+49%). Pero el asunto es bastante más complicado que la recomendación de posponer: un factor que contribuye (+287%) a las relaciones sexuales tempranas es el abuso en el hogar.

Postergar el sexo hasta los 23 evita varios desastres, y también muchas dosis de saludable oxitocina. Además, incrementa considerablemente (+570%) los chances de permanecer soltera y de no tener hijos (+1050%). Calibrar el momento oportuno para el gustico seguro no es algo tan burdo como “aguante” o “hágale”. La mayoría de colombianas lo lograron en un punto intermedio entre esas dos edades extremas. Tuvieron que compaginar estudio o trabajo con novios y aventuras, encontrar el cuando, el cómo y hasta el dónde, pues muchas capotearon familias supervisoras, a veces asfixiantes, para ser sexualmente activas sin irse de la casa. No le pararon bolas a Uribe, pero dejan la impresión que lo de aplazar o no el gustico anuncia el peliagudo dilema entre trabajo y maternidad.

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