Por: Diana Castro Benetti

Ver

Reaccionamos de maneras inducidas y la vida se juega entre los extremos de abrazar la loca pasión o satisfacer el furor de la razón.

 Cada cual vive su propio destino con hormonas, neuronas y células repartidas al nacer y con las oportunidades diversas que los años ofrecen. Con el tiempo, solemos ser las malas copias de otros como si hubiésemos sido soñados en borrador. Nos convertimos en lo que otros han osado imaginar alardeando todos los días de ser los más originales.

No somos receptores pasivos de información pero, por costumbre, sólo podemos vivir desde los recuerdos que se han enquistado como parásitos o las memorias que se han casado con la rabia, la angustia y el miedo. Vemos sin preguntar y vemos desde los ojos de una recóndita animalidad buscando supervivencia. Agazapados en aquella primera guarida y hostigados por el olor de un extraño o por el mangoneo del más fuerte, vemos desde las emociones desconfiadas, recelosas y suspicaces. Nos cuesta salir de las repeticiones de milenios de lucha animal y desde ahí tomamos decisiones, decisiones para nosotros, los hijos, los nietos y los desconocidos. Vemos, pero vemos presos de las imágenes de pellizcos, golpes y rechazos. Vemos, pero vemos con los atrevimientos de las pasiones, las pretensiones, el mutismo o la incapacidad. Sólo vemos con la venda de la tradición o del narcisismo de un statu quo. El cuerpo con sus sentidos y la mente con sus deseos, reaccionan desde el ayer.

Para salirse de lo obvio y darle permiso al futuro, hay que cerrar los ojos, todos los días, por un segundo, por unos minutos, y sostener la quietud con una respiración pausada y suave. Esa es la morada de la libertad, el deleite y las utopías de la felicidad por venir. Es donde lo posible es posible si se silencian los pensamientos y se matizan las reacciones más primordiales, si se deja atrás lo nefasto de un automático. Para ver mejor, hay que pegársele al viento, saborear los colores, saludar las nubes, jugar en el mar, sonreír desde la inocencia, buscar un arcoíris; hay que dejarse transformar con lo fantástico, la imaginación, lo inútil, arrinconar lo conocido y abrazar al desconocido, marginar las certezas y permitir que la vida se despliegue en su total grandeza. Es parar un poco y olvidar la esclavitud de los sentidos para renovar la percepción; es dejar de ser lo que heredamos. Todos los días, por un corto momento, hay que abrir y cerrar los ojos y agradecer, dar, amar, comprender, compartir, porque ver es menos la acción automática de los ojos y más la ética serena de un espíritu. Ver es, sobre todo, dejarse contagiar de los anhelos por un bienestar humano.

 

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