Por: Lorenzo Madrigal

Ver a Otto en sus noventa

DELICIOSO SERÍA ESCRIBIR SOBRE Otto Morales Benítez si se contara con todos los datos que puede ofrecer la amistad personal o un conocimiento más a fondo de su obra de escritor, académico, catedrático y político. Ahora, cuando llega a los noventa de su edad.

Sólo sé que sus años de mayor figuración pública coincidieron con mis primeros de periodismo. Fueron las épocas deslumbrantes de su colaboración cercana con personalidades de la talla de Alberto Lleras (gran hombre del siglo XX), con quien ocupó las carteras de Trabajo y de Agricultura y, en general, mientras se mantuvo en la primera línea de los presidenciables del liberalismo.

Se ha dicho repetidas veces que hubo una generación perdida por allá en los años sesenta y setenta. Otto Morales, Augusto Espinosa, Hernando Agudelo, y el propio Virgilio Barco, quien iba llegando tarde, para sólo nombrar a cuatro, fueron hombres de partido, aptos para la primera magistratura en aquellos años, a los que fue relegando la aspiración reeleccionista de unos y el apellido histórico de otros, mayorazgos del poder. Otto, prolífico autor de libros, figura del pensamiento liberal -el bueno- y de su acción política sectorial, algo más discutible, ha sobresalido por su buen humor. Su carcajada sonora en las reuniones lo delata y ubica enseguida y su bonhomía no se le niega al adversario político.

Una anécdota personal, de la que me atrevo a ser infidente, fue haberlo visto, hace ya algunos años, en la entrañable iglesia de Lourdes de Bogotá, encendiendo velas en un lampadario recóndito. Me alegró tanto verlo como me sorprendió y pude pensar cuál hubiera sido su carcajada si le caigo con esta frase: ¡Con que una vela a Dios, querido Otto, y otra al diablo de Riosucio ( su tierra natal )!

Uno piensa mucho en Dios y en la muerte, diría que siempre y sobre todo si los años lo acercan a la más temida realidad de la existencia. A la incógnita de saber si ésta permanecerá en otra dimensión, distinta de la dimensión del tiempo. Recuerdo la imagen impactante, que relataban cronistas, del profesor Luis López de Mesa como el Pensador de Rodin, enfrente de las bóvedas de sus antepasados, cuando sentía que se acercaba su final físico.

Esa tarde en Chapinero descubrí que Otto, tan humano y cordial, pensaba en el más allá, mientras ocupaba su laboriosa vida en los menesteres intelectuales en que la ha ocupado, para alegría de los suyos y de todos aquellos, que sin gozar de su amistad, vemos en él a alguien en quien es posible confiar, al elegante hombre de Estado, de sencillez liberal y sombrero de medio lado, como el propio Lleras, a lo más decente que se pueda ver en este país. Ver a Otto, sin que se necesite ser su amigo es algo que golpea fuerte el espíritu, que alienta el alma.

 

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