Verbo y veneno

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Los escritores se ocupan mucho del sustantivo y está bien, claro. Un escritor debe saber nombrar las cosas. Y se ocupan mucho del adjetivo porque desconfían del sustantivo. Les parece que piedra, agua o pájaro no son palabras suficientemente bellas y les añaden unos adjetivos dignos de un parlamentario en trance. El verbo, en cambio, los tiene sin cuidado. Parecen ignorar que cada verbo tiene su carácter, color y veneno particulares. Ejemplos:

“En una reunión de whisky caro y mujeres carísimas, los fundadores de Las Vegas escogieron a Cancuna (‘hoyo de serpientes’) para desovar su proyecto de una lujosa red de casinos”.

“Los festivales y las universidades del mundo le llenan de oro la boca a Vallejo para que escupa sus conferencias”.

“Papá dijo que no pagaría más acobaladas de las llantas de mi bicicleta”.

“Los políticos no deben publicar libros de poemas: los pueden acusar de malversación”. (Malversación es un sustantivo, me dirá Sergio Jaramillo, pero su vocación verbal es evidente).

“El senador contrajo condecoraciones que terminaron de arruinar su reputación”.

“Hoy, la ingeniería genética pesa más que la tecnología de las comunicaciones porque las esperanzas médicas que promete, los monstruos clónicos que incuba y los debates éticos que suscita son mucho más apasionantes que la omnipotencia de un celular de última generación”.

“La función original de las lenguas fue comunicar. Luego quisieron también impresionar, conmover; por eso entonan canciones, asestan ironías, esgrimen conjuros, arrojan injurias, emprenden elipsis, acuñan refranes, se adornan con tropos, legalizan caprichos y otorgan licencias”.

Entre los errores que un escritor debe evitar está el vicio, muy español, de preferir las formas compuestas a las formas simples: “han llegado” en lugar de “llegaron”; “cuando hubieron comido” en vez de “cuando comieron”. Y el vicio de utilizar formas lentas, como el gerundio y los tiempos compuestos, para describir acciones rápidas: en lugar de “Saltando sobre las mesas, el asesino ha pateado a Pedro y le ha propinado siete puñaladas”, hay que decir: “El asesino saltó sobre las mesas, pateó a Pedro y le metió siete puñaladas”.

Poner tres verbos en fila, y para colmo dos en infinitivo, es una barbaridad propia de columnistas: “Un escritor debe saber nombrar las cosas”. Es menos gringo y más fluido decir: “Un escritor debe nombrar las cosas con precisión, salvo que sea poeta”.

Es probable que la eficacia de la escueta prosa de Kafka radique en su precisión verbal:

“Las mujeres de los emperadores, ociosas entre almohadones de seda, desviadas de la noble tradición por cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas de codicia, desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus abominaciones. Cuanto más tiempo transcurre, más terribles y vivos son los colores de sus audacias; y con temor nuestra aldea recibe la noticia de que una emperatriz, hace miles de años, bebió la sangre del marido a grandes tragos”. (La construcción de la Muralla China).

Nota. La retórica nomenclatura de la Academia Española es responsable de nuestra incompetencia verbal. Su “pretérito imperfecto”, por ejemplo, parece sugerir que se trata de un tiempo incorrecto. Andrés Bello, en cambio, lo llamaba “copretérito”, es decir, una acción que coexiste con un movimiento pretérito que le sirve de referencia: “Copernico descubrió que la Tierra giraba en torno al Sol”.

La nomenclatura de Bello era simple y tan lógica que se autoexplicaba. Pero la Academia nunca pudo aceptar que un indio venezolano dictara cátedra en tan española materia. Y nos jodieron. Y se jodieron.

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