Verdad y memoria

Gracias a ustedes tenemos la oportunidad de encontrar la verdad, en ese esfuerzo porque las personas que buscan justicia tengan el medio para lograrlo. Me uno a esa labor tan extraordinaria que no trata de lesionar, por el contrario, aboga porque a partir de la investigación reflexiva con humanos propósitos se puedan vislumbrar caminos de paz.

Así como ustedes retomaron lo que con tanto éxito y sacrificio nos ayuda a comprender situaciones tan dramáticas que vive nuestro país, igualmente y como espejo fiel, la veracidad de sus comunicados induce al cambio. Gracias por contar con personas como Iván Cepeda y todo el personal de El Espectador.

Admiro profundamente su afán de justicia, verdad y memoria por las numerosas personas que desaparecieron; y no es sólo su desaparición, es esa ausencia suspendida en una espera fija, pero inútil, con una esperanza lacónica, con el consuelo infame de la incertidumbre, las emociones y los sentimientos encontrados, donde el amor y el dolor se cruzan en el vaivén de la injusticia, soportando el mutismo de los que con un poco de pudor podrían minimizar la angustia.

Esta agonía sólo tendrá fin cuando muchas de las madres que aún viven, aparte de enterrar a sus hijos como se debe, sientan que el regazo que por muchos años arrulló su fruto, no fue sólo una ilusión, que su vientre, cuna sagrada, de un amor profundo, no es apenas una fantasía. Esto lo digo porque en la búsqueda de mi ser querido, muchas de las madres me decían: “A veces creo que nunca existió”, cuando pregunto “¿dónde esta?, ¿qué le pasó?”, y me miran como si fuera desquiciada, como si la búsqueda sonara absurda o fuera causa de risa para los que no comprenden, que por muchos meses mi vientre fue cuna viva, del ser al que le entregué mis noches, al que con enorme ternura abrigué, al que sin medir sacrificio otorgué mi vida, al que vi salir todas las mañanas con el afán de su pronto regreso, retorno que permanece interrumpido por manos criminales, corazones siniestros y una razón que desconoce que la mano que meció su cuna, fue la mano de una madre, con tanto amor, como las que día a día, en agonizante lucha, ruegan por esos hijos desaparecidos. Quisiera con estas palabras reiterar mis agradecimientos y tener la oportunidad de poderles enviar algunas notas en favor de su trabajo humanitario.

 Claudia Paz. Cali.

Lectura en familia

No estoy contenta con la nueva diagramación. Cuando anunciaron que iba a cambiar el tamaño, me encantó, porque como decimos coloquialmente, me pareció “manualito”, es decir, fácil de manejar. La realidad, infortunadamente, es otra: El hecho de que sea un solo bloque y para completar que los títulos vayan de largo a la otra página, hace imposible compartirlo con la familia en la cama. Hay que tenerlo todo y a la vez las dos manos estiradas para leerlo, lo que lo hace incómodo por lo pesado de sus 80 y pico de páginas.

Propongo que conserven el nuevo tamaño, pero dejen separadas como estaban las distintas secciones del periódico, así mientras uno lee la de negocios, el otro podrá ocuparse de la deportiva, etc. Los lectores de El Espectador queremos el periódico.

 Vita Biojó Guevara. Bogotá.

Sumapaz

Qué poco conocemos los bogotanos de Sumapaz. Es más, no sabía que se trataba de una localidad de Bogotá. Sería interesante una crónica que nos permitiera, a sus asiduos lectores, una idea más concreta de lo que hay y lo que no hay en Sumapaz. En general, el propio Alcalde omite detalles al respecto. Como si no fuese entonces parte de la ciudad.

 Diana Bernal. Bogotá.

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