Por: José Fernando Isaza

Verdades

Alternativas o posverdades, términos muy usados después del referendo que obligó al Reino Unido a separarse de la Unión Europea, de la mayor votación obtenida por el No a los acuerdos de paz, de la elección de Trump como presidente. En estos casos primó el engaño a los electores repitiendo mentiras. Similar estrategia se usó para acusar a la ministra de Educación de repartir unas cartillas con “ideología de genero”. Las cartillas que mostraban eran unos panfletos de mal gusto producidos para consumo interno en los países nórdicos.

Ante la velocidad de propagación de mentiras por las redes sociales, algunas personas piden controlar y regular su uso. Nada más inútil y contraproducente. Una solución más apropiada es estimular el pensamiento y la lectura crítica, no tragar entero, conocer que hay entidades respetables que lo que difunden ha sido sometido al análisis. En literatura y ciencia hay editoriales en las cuales lo que publican es de calidad, y el rigor de los consejos editoriales y de los pares lo garantizan.

Los gobiernos han utilizado las verdades alternativas —mentiras— para justificar guerras injustas. En 1898 explotó en La Habana el acorazado Maine. EE. UU. culpó a España de este suceso, que le sirvió de pretexto para declararle la guerra y así apoderarse de las colonias en las Antillas y de las Filipinas. Los archivos confirmaron que fue un accidente y que esto lo sabían las autoridades. Para justificar la intervención en Vietnam por parte de EE. UU., los servicios secretos simularon en 1964 un falso ataque de las fuerzas vietnamitas del norte contra barcos de la Armada estadounidense; esto se llamó el incidente del golfo de Tonkin. Nunca ocurrió ese ataque. La supuesta existencia de armas de destrucción masiva en Irak sirvió de pretexto para una guerra de intervención que ha causado más de medio millón de civiles muertos.

En internet existen pocas claves lingüísticas para distinguir la verdad de la ficción. En la Grecia clásica los historiadores empleaban la primera persona del singular para que hablaran los hombres, historia, y la del plural para que los dioses se manifestaran, ficción.

Las redes sociales permiten que las mentiras se difundan más rápidamente, pero antes de ellas éstas fluían. Algunos ejemplos, no tan dramáticos como los que sirvieron de excusa para iniciar atroces guerras, circulaban en Colombia de boca en boca. Al iniciarse la actividad de Profamilia circuló la posverdad que decía que en el agua de los acueductos se añadían anticonceptivos. En 1960, en el Eje Cafetero, se aceptaba como verdad que el 13 de mayo habría tres días de oscuridad: en esa fecha se revelaría el secreto de Fátima, sólo sobrevivirían los que estuvieran sin pecado y sólo velas vendidas en algunas parroquias servirían en medio de ese cataclismo. Propaganda que atiborró los confesionarios y los bolsillos de los curas que vendían las velas. En una Colombia confesional se hizo circular la versión de que un porcentaje de la venta de Coca-Cola se destinaría a financiar la difusión del protestantismo. Se alertaba a los padres de familia sobre el secuestro que hacían los comunistas de sus hijos para adoctrinarlos. La guerra contra un competidor de cerveza tradicional se hacía propagando el rumor “La cerveza… tumba el palo y da dolor de cabeza”.

Afortunadamente a nadie se le ocurrió restringir y regular las conversaciones y las murmuraciones.

 

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