Por: Brigitte LG Baptiste

Verde

Esta semanase realiza en Copenhague la duodécima conferencia de la sociedad europea para la literatura, la ciencia y las artes. Su tema en esta ocasión es el verde, una de las ideas más incisivas de la cultura contemporánea, pero que “lejos de tener un significado universal, muestra grandes vacíos de conocimiento propicios a malentendidos sistemáticos”. Tecnologías “verdes”, crecimiento “verde” o partidos “verdes” son ideas que han adoptado un color como concepto, a menudo reduciéndolo a una metáfora sin su contenido material, epistemológico e histórico.

Anna Tsing, de la Universidad de California, presentará su reflexión antropológica acerca de la percepción del verde en Indonesia, otro de los gigantes megadiversos del planeta, para invitar nuevamente a huir de los proyectos culturales que se apropian de un término para que no suceda nada, uno de los riesgos de las perspectivas ambientalistas de cualquier vertiente. El arte de vivir en un planeta herido, de su autoría, recoge las experiencias creativas de comunidades que desarrollan sus propias perspectivas para afrontar el colapso. Natasha Myers, de la Universidad de York en Toronto, discurrirá acerca de las falacias del Antropoceno como propuesta para mitigar la violencia humana, cuestionando la construcción de la sostenibilidad como una maniobra estética enraizada en una perspectiva edénica (¿adánica?) de la naturaleza afín a los colonialismos y el capitalismo extractivista. Hablará de las comunidades de plantas como base de un nuevo ecocentrismo para recuperar la idea del crecimiento vivo, “una fuerza más poderosa que cualquier industria”.

Olaf Müller, de la Universidad Humboldt de Berlín, hablará de la teoría del color fundada por Goethe (en contraposición con la triunfante de Newton), quien planteó no el verde como centro del espectro visual, sino la interacción de éste con el púrpura como sistema organizador básico de la naturaleza, todo ello para hablar de su rechazo a las neurotecnologías como mecanismo de aproximación al mundo. Finalmente, en Unicornios verdes, Thomas Feuerstein planteará una perspectiva del arte no como sistema semiótico, sino metabólico, es decir, más allá de la construcción de significados e interpretaciones, como fuente de innovación vital.

Por supuesto, la biodiversidad colombiana ocupa un lugar importante en estas reflexiones: ¿cómo está siendo transpuesta la idea del verde a la de naturaleza en nuestra manera de entender las múltiples interacciones de la sociedad con el territorio? ¿Estamos realmente comprometidos con una reflexión y una apuesta por el verde de la nación o, de nuevo, creemos que con nombrarlo ya produjo los efectos que necesitamos? ¿Hay una perspectiva rosa del verde?

Mientras en Colombia se blande el garrote moral contra toda diferencia y la pureza de los proyectos políticos pareciera más importante que el desempeño de las personas que construyen sus programas, podría ser refrescante pensar en el verde como factor de reconciliación. Y como es obvio que el partido que ostenta esa denominación perdió en las elecciones previas, no hay intención proselitista en este mensaje, sólo un llamado a evaluar las maneras en que, más que nombrarlo, construimos el ambientalismo nacional.

 

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