Por: Andrés Hoyos

¿Verde o biche?

TIENE Y NO TIENE RAZÓN SERGIO FAjardo en su última carta a los verdes, en la que les dice que Colombia no es Bogotá y que tengan una mirada más amplia. Sinteticemos: Bogotá está lejos de ser una condición suficiente para dar vitalidad a un partido nacional, pero si Bogotá se pierde, el Partido Verde podría estar herido de muerte.

El dilema de los verdes en Bogotá es muy jodido. Tienen de candidato a Enrique Peñalosa, quien con seguridad sería un gran alcalde, pero está el bemol de que Enrique toda la vida ha sido un político vacilante e inoportuno. Aunque yo pienso votar por él, su estrategia electoral me parece peligrosa, pues le ha dado demasiada importancia al endoso de Álvaro Uribe. Los endosos del expresidente nunca fueron claros ni generosos y, de ñapa, ahora vienen con el veneno añadido de la gran corrupción asociada a su gobierno, por la cual han empezado a caer presos o están bajo sospecha sus alfiles. Podría pasar –ojalá no pase– que Enrique se quedara con el pecado y sin el género, es decir, con un respaldo tibio de Uribe pero con una imagen de falta de carácter político, mientras que alguien como Gina Parody apuesta a la carta sentimental de que fue uribista cuando tocaba y cuando se podía. No olvidemos que los empanicados marineros del barco uribista en llamas todavía siguen tratando de reclutar a su capitán para que se postule en Bogotá y los salve de la debacle con una victoria electoral resonante. Me parece poco probable que Uribe acepte, sobre todo porque así se pondría al alcance de la temida y odiada Corte Suprema de Justicia, dedicada a su vez a peligrosas incursiones en la política internacional del país.

Sin embargo, hay que decir que la organización que respalda a Peñalosa no es fuerte. El Partido Verde no ha dejado de ser una federación de independientes, aislada muchas veces en la torre de marfil de la antipolítica. Decía yo hace unos meses que el principal responsable de estas carencias es Antanas Mockus, quien no por nada fue el candidato presidencial del partido. Mockus nunca abandonó su condición de gurú con discípulos, cuando su responsabilidad tras la derrota era armar un partido de verdad, al cual los candidatos quisieran acercarse no sólo por convicción, sino por conveniencia. Mockus y sus seguidores no parecen entender que hay que bajar a tierra y que un partido es una organización de rituales, de congresos, de pronunciamientos oportunos, de ideas sólidas, de actividades cuidadosamente planificadas. No, a Mockus las noticias importantes le llegan cuando está de vacaciones en Santa Marta y entonces decide que su función es apagar supuestos incendios.

No sobra recordar que los verdes enfrentan la asignatura pendiente más dura de la historia política de Colombia: la de crear un tercer partido político perdurable. La lista de los proyectos quemados es casi interminable. ¿No se dan cuenta de que estos fracasos hablan de una dificultad extrema y que no pueden seguir jugando a llevar los pantalones cortos del personalismo?

Es paradójico, pero un partido débil podría llegar a desbaratarse por una alianza cualquiera –le pasó al M-19, cuando le aceptó un par de ministerios a Gaviria–, mientras que uno fuerte se consolida con las alianzas, como le pasó al PSF bajo Mitterrand. Un partido fuerte resiste las críticas y cierra filas; uno débil se angustia y entra en crisis. Da tristeza constatarlo, pero la cruda realidad es que no todo lo verde madura.

andreshoyos@elmalpensante.com. @andrewholes

 

 

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