Por: Lorenzo Madrigal

Verdes sin clorofila

SOY DE LOS QUE NO CREEN MUCHO en los nuevos partidos, pues se han visto desfilar, en una larga historia, desde unirismos, anapismos, emerrelismos y otros que no han perdurado.

Ahora son los Verdes, cuando no el partido que tiene por estandarte el monograma de su líder, la U, o el que dio en llamarse Cambio Radical, o, qué sé yo, el Pin o los movimientos político-religiosos, todos, a mi modo de ver, pasajeros e inestables.

Pues bien, el jefe de los Verdes, el propio Antanas Mockus, ha dejado su movimiento o éste lo ha abandonado a él, en dramático episodio. Los Verdes sin Antanas son como una hoja botánica sin clorofila.

Antanas, impreciso y equivocado como tahúr de la política, pues no lo ha sido, encarna, sin embargo, la pureza administrativa. Y hay quienes recuerdan este perfil suyo cuando se busca al sucesor de los contratistas de Bogotá.

Peñalosa conformó con los otros tres exalcaldes (Mockus, Fajardo y Lucho) una eximia nómina de precandidatos a la Presidencia de la República que tomó partido con el nombre de Verdes, aunque sin mayor compromiso ecológico.

En trance de repetir alcaldía, Enrique Peñalosa, célebre porque dio alguna solución, no la ideal, al transporte masivo de la ciudad, se dejó tentar por el apoyo nada despreciable del uribismo y de su jefe epónimo, el propio Uribe, quien lo tomó para sí, expropiándolo a los Verdes.

Mockus dudó y en un principio consideró que el verde Peñalosa bien podía recibir apoyos generalizados, siempre y cuando no hubiera pactos y compromisos con el “todo vale”.

Pero ocurre que el magno exalcalde, esto es, Peñalosa, nunca ha sido un partidario fervoroso de credo político alguno. Su mundo es pragmático, urbanístico y, según su modesto decir, gerencial. Es, por supuesto, liberal, en el más amplio y antiguo sentido de la palabra. Yo pienso que los dos viejos partidos no se borraron del todo del corazón de Colombia y subyacen en el sustrato de todo.

A Mockus se le alumbró la distraída mente. De pronto, se dio cuenta de que había sido robado, de que había sido víctima de una estafa política. Se llevaban a su candidato más fuerte y, lo que es peor, éste se retiraba con una sonrisa complaciente, como si disfrutara de la movida. Así lo vio alejarse, cual sabina raptada a mejores espacios y a más placenteros himeneos.

El profesor se apartó, entonces, del campo verde. La que había sido su cauda se trasteó, con Peñalosa a la cabeza, al más contaminado uribismo. Antanas, el filósofo, quizás el poeta, ingenuo y nuboso, bien pudo recitar ante su colega de alcaldía bogotana, hoy candidato del “todo vale”, aquellos versos (nuevamente Arciniegas): “No vuelvas… ya murieron las rosas en el huerto, el campo verde lo secó el verano y mi fe en ti como mi amor ha muerto”.

 

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