Por: Reinaldo Spitaletta

Verdulería presidencial

LO PRIMERO ES DECIR QUE LAS VERduleras, tan difamadas, son señoras de bien. Por lo menos, no las ve uno metidas en escándalos de reelecciones, o de sobornos, o de cohechos, o de parapolítica, o de infiltraciones delictivas en el DAS, en fin, pero, claro, de vez en cuando sueltan un “hijueputazo” y hasta se les oirá, en una trifulca de mercado, algún “te doy en la cara, marica”. Si lo dice el Presidente, por qué ellas no, caramba.

Así que no sé, cómo lo han calificado en ciertos círculos, si el asunto de Yidis y el Presidente sea como una disputa de verduleras. Me parece que éstas son gentes decentes, por lo cual habría que pedirles perdón por las comparaciones, tan odiosas siempre. Quedemos, entonces, en que hay estadistas que dan mal ejemplo a las verduleras.

Es fama: Colombia es un país de escándalos, con la particularidad que el último hunde en la desmemoria a los anteriores y así la parcela se nos volvió, tiempo ha, circo de malas mañas. Nos acostumbramos a las payasadas, a la impunidad, a los espectáculos mediáticos del príncipe y a que, en últimas, olvidemos las fosas comunes, las víctimas, las masacres, los culpables… cada día trae su sainete.

Ahora resulta que Yidis (que no debe ser ningún dulce de pera) llamaba al hijo del Presidente, en casos que ocurrieron hace un año y ahora, cuando lo del cohecho mediante el cual se compraron “conciencias” y un votico clave, parece comprometer a altos funcionarios, se destapa lo del presunto chantaje. Que se destape, está bien. Pero no deja de ser raro que alguien que ha sido explosivo, como el Presidente, que desafía, por ejemplo, manifestantes que le gritan “¡Uribe, paraco, el pueblo está verraco!”, se aguante casi un año en silencio cuando le están extorsionando al muchachito.

En países donde la justicia cojea más de la cuenta, o en los cuales desde el Ejecutivo se le vapulea, o se le intimida, los delitos casi siempre quedan impunes. Y los implicados caen hacia arriba. Se les nombra embajadores, agregados culturales, secretarios privados, o se les da una notaría. O, cuando son criminales de “alta peligrosidad”, se les otorga una cárcel de cinco estrellas.

Y así aquello que Chomsky denominó el “rebaño desconcertado”, amaestrado por los medios de comunicación, piensa que todo anda bien porque parece un telenovelón. Los escándalos se suceden y se tornan asunto de trapecio y acrobacia. O se cree que porque en algún consejo comunal el mandatario ordena que capturen a tal funcionario menor por corrupto, ya estamos en una arcadia. Sin embargo, cuando en uno de esos mismos consejos un alcalde dice que lo van a matar (y lo matan), a uno de los que él acusa lo mandan a representar al país en el extranjero.

Colombia es una carpa descomunal. Un día, el Presidente invita a una suite de lujoso hotel bogotano a un delincuente y hace un reality en la Tv; otro, a un acusado de amenazar a un periodista lo califica de “buen muchacho”; en otra situación acusa a los trabajadores de ser los culpables de la quiebra de la salud pública, y a los pensionados de ser unos privilegiados. En otra, Pedro Juan Moreno (q.e.p.d), amigo del Presidente, alborota el cotarro diciendo que no está de acuerdo con la reelección…

No sé si lo de Yidis y el Gobierno sea pelea de verduleras. La cosa es que, como lo dijo una verdulera informada, para el beso como para el cohecho se necesitan dos.

 

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