Por: Juan David Ochoa

Vestigios de un delirio

La realidad esquizoide de Corea de Norte ha resistido al tiempo y al mundo en su críptico delirio desde siempre.

Su nacimiento mismo entre la historia provino del fervor de una demencia mayor: La guerra más enferma y bestial que ha resisto este monstruoso mundo enfermo en su arsenal de siglos; La mítica segunda guerra mundial.

En el final de su estridencia, cuando los vivos eran raras anomalías de la suerte y los muertos se contaban en montañas de miembros, y las fuerzas macropolíticas de los Estados Unidos y la Unión Soviética extinguieron por fin la otra demencia del imperio nazi, no les quedó otra opción que dividirse, en los residuos de Europa, la polvareda de los países destruidos. Entre ellos, (arrebatado al Japón), quedó el espacio norte de Corea bajo el mando de los rusos. Y colindando con su hermana aliada del capitalismo, sobreviviendo después al estruendoso derrumbe de su imperio mentor en los escombros de la perestroika, la cripta comunista se excluyó de los designios exteriores, de los progresos del tiempo y de la información que le pudiera dar los visos de un criterio abierto. Se aferraron desde siempre al fundamento romántico del chovinismo, a la ferviente adoración de quien les daba los recursos básicos de subsistencia y los amenazaba con los látigos de la tortura si insultaban la honra y el orgullo nacional.

La dinastía Kim Jong era un linaje de dioses infalibles en la idiosincrasia del miedo. Así lo argumentó después la hambruna del 97, cuando el desborde de la inanición no permitió ni el mínimo reproche hacia la cúpula gloriosa, que apenas observaba la desgracia desde el palco de la inmunidad. Como también lo demostró la muerte de su líder carismático, Kim Jong-il, y el teatro increíble alrededor de su cadáver. La caravana mortuoria deslizaba su opulencia entre las masas apiñadas que esperaban la última visión del ataúd. Cuando pasaba solemne, en la velocidad del rito, los dolientes lloraban agitados, brincaban en los gritos de la incomprensión, se desgarraban la piel y deformaban los gestos en un coro de incredulidad. Pero era un show, todo ese coro de dolor era una farsa dirigida por el miedo a una condena del régimen por no llorar, o por llorar demasiado. Fue un espectáculo de esclavos demostrando las atmósferas de su miseria. Esa fue la afirmación de la locura que los dejaba entrever como un país amaestrado en el ardor del mesianismo atroz y en la obediencia.

La romántica idea comunista en que los hombres no son hombres ambiguos sino maquinas inquebrantables e inequívocas, el aislamiento total del mundo y ese círculo vicioso del resentimiento en la memoria de un profundo fanatismo los empujó a la decisión entre los últimos recursos de la subsistencia. La amenaza de un ataque despiadado y visceral para atraer la atención de ese mundo que ahora necesita en los gemidos del fracaso, o la máxima opción en el desquiciamiento; El suicidio entre esa misma violencia que la vio nacer bajo las bombas y los tiros del absurdo.

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