Viajar a través de los diarios

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 A veces (o cada treinta días) faltan los pesos para concluir el mes con la nevera llena y entonces se abre ante nuestros descorazonados ojos una fuente de luz y agua que hace tronar con más ímpetu el estómago. Pero eso sí, nunca sobran los libros, esos tiquetes o pasajes que embolatan el hambre (o te la recuerdan) o la hacen llevadera por la certeza de que siempre hay alguien que está peor. La compulsión por comprar libros (así como el adicto a la ropa no deja pasar un mes sin comprar una blusa o un traje; o el parrandero no evita fin de semana en armar la parranda hasta convocar la ebriedad) muestra sus ventajas en tiempos como estos en los que se necesita vivir más de una vida para soportar la monotonía de la propia.

A falta de pan, buenos son los libros para visitar otros espacios más allá de Netflix, Amazon o la recomendadísima MUBI. Así que de la mano Qiu Miaojin satisfice mi deseo de voyeur en que se convierte todo lector de diarios, las Cartas póstumas desde Montmartre, publicadas por la bella editorial Gallo Nero son una serie de cartas escritas para narrar la historia del amor apasionado entre dos mujeres desde el despertar sexual, el deterioro gradual de este amor y las secuelas que deja la separación. Hasta París fui, hasta el Paris en el que Qiu fue estudiante y se desvanecía también de amor por las películas de Theo Angelopulos. El París en el que ella entierra al conejo Tuto como una representación de un amor apasionado que también ha muerto: “y por primera vez he sabido lo que es cavar una tumba con mis dos manos. Me ha acordado de Haruki Murakami contando aquello de que había enterrado dos gatos en seis años. ¿Cuántos conejos enterraré yo en este Paris bello y solitario? ¿Cuántos secretos y cuántos amores? (…) al fin y al cabo, lo que he enterrado ha sido mi amor hacia ti y hacia Tutu”

Después fueron los Diarios de Katherine Mansfield traducidos por Esther de Andreis y Manuel de la Escalera en los que encontré el alivio a ciertos padecimientos que se tornan llevaderos porque el lenguaje delicadísimo (hoy estoy usando muchos superlativos, creo que van dos) de la escritora así lo quiere. El día 22 de enero de 1922 escribe: Lumbago, ¡Qué cosa más extraña, tan repentina, tan dolorosa! Tengo que recordar esto cuando describa a un viejo. El impulso para levantarse, la detención inmediata, la mirada furiosa, y por la noche, cuando uno está acostado, la impresión de estar encerrado bajo llave”.

Leer Diarios para viajar hacia adentro es como leer también libros de cartas. Queridas mías, la correspondencia que mantuvo Clarice Lispector con sus hermanas Elisa Lispector y Tania Kaufmann desde los innumerables países en los que residió. En estas cartas se presenta una historia de amor entre Clarice y sus hermanas. En la presentación de Queridas mías, Teresa Montero sostiene que esta correspondencia semeja a la historia sobre las hermanas Bronté que Clarice vio en Nápoles, según comenta en una de sus cartas.

Leer Queridas mías en plena cuarentena es recorrer Europa en cada carta, además de que su ruta de viaje incluyó a África. Es también encontrar a otra Clarice, íntima, juguetona, pero siempre sorprendente. En una carta a Tania, fechada del 23 de febrero de 1944 desde Belém, Lisboa cuenta: “Había una enfermera vieja y altísima que se divertía mucho, la única que llevaba un vestido largo, parecido al batín de Maury. Y otra extraordinariamente gorda, asombrosa, muy alegre, haciendo chistes sobre su propio peso, lo que no deja de ser un poco triste. Si tuviéramos dos vidas no estaría tan mal ser gorda en una de ellas”.

COLETILLA: A falta de mercado, buenos son los libros. Con algo de estoicismo y libros, el hambre es llevadera.

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