Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

Viajes con un mapa en blanco

Desde los tiempos en los que tenía su columna en El Espectador vemos a Juan Gabriel Vásquez intentando una respuesta al porqué y al para qué de la novela. 

No digo que no lograra encontrar una respuesta (al menos para quien leía las columnas), pero lo cierto es que volvía a la pregunta, con obstinada recurrencia, para intentar una nueva respuesta. Así lo expresa en uno de sus ensayos: “Ya había entendido que nada me parecía tan digno de mi dedicación absoluta, de sacrificios sin cuento y de los riesgos insondables del fracaso como el lento aprendizaje del arte de la novela”.

Lo veíamos, semana a semana, luchando contra esa obsesión, contra esas preguntas sin respuesta y contra esos fantasmas que pueblan los universos de los escritores. Es la pregunta que siempre se hacen los escritores; al menos cierto tipo de escritores. 

Pero ocurre que es propio de esa pregunta el no tener respuesta. O, en todo caso, una respuesta cierta (es decir, sobre la que quien responde albergue completa certeza, sin ningún resquicio para la duda), o una respuesta perdurable, que deje satisfecho en todo punto y en todo momento a quien sobre la naturaleza del arte de fabular se interroga.

La respuesta no es ni puede ser invariable porque la pregunta interpela al alma, porque la pregunta indaga por los móviles de la existencia. Pero nada tan mudable como la vida humana, con sus certezas, sus claroscuros, sus anhelos, sus angustias y sus dudas. Por eso la respuesta se actualiza con cada avatar de la propia biografía, y por eso cobra sentido la pregunta de si resulta lícito (y no encuentro aquí mejor palabra) dedicar la existencia entera a buscar la verdad por medio de esa hermosa mentira que es la novela y la literatura toda. 

El lector, ávido, se sumerge en las páginas de la novela para encontrar respuestas a sus propias preguntas; las preguntas que en lo profundo del corazón se hace sobre la vida y sobre la muerte; el escritor, honesto y generoso, intenta ofrecer respuestas a sus propias preguntas, que a veces no son las del lector y que sin embargo sirven para aplacar sus dudas. Este juego maravilloso e improbable no es el menos asombroso de cuantos despliega el universo literario.

La pregunta sigue inquietando al escritor, a ese tipo de escritor que se obsesiona con la naturaleza y la causas del quehacer literario, y por eso vuelve una y otra vez, con todos los medios que tiene a su alcance (lectura, escritura y vida), a ofrecer nuevas respuestas; es decir, a intentarlas. 

Pero, terca, la pregunta sigue ahí, y el escritor se resigna a ella, y el lector la acepta como una bendición y como una fatalidad. Porque son tantas las respuestas como tantas son las vidas y tantos los humanos corazones, y por eso no hay mapa que valga para salir airoso de esa singladura incierta del vivir, salvo que el mapa, como propone Juan Gabriel Vásquez, esté en blanco.

@Los_atalayas, [email protected]

 

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