Por: Columnista invitado
Mudanzas

Vicios

Por: Juliana Londoño

Todavía me acuerdo de aquel día en el que decidí dar un paso atrás, de ese otro en el que me dejé ahogar con palabras que merecían ser dichas, del mes en el que no te acepté un café y de aquel en el que no te llamé. También del día en el que no lloré y amanecí bañada en sudor, como si las lágrimas no hubieran aguantado tanta asfixia. Y de ese otro, cómo olvidarlo, en el que me monté al avión sin saber que llegaría para no verte.

Recuerdo también las noches en las que tendidos en la cama nos preguntábamos el uno al otro si habíamos logrado ser felices, como si aquello pudiera responderse en una sílaba y fuera finito. Recuerdo, recuerdo mucho, cada gesto de cariño y salgo a la calle para percatarme de que no estás en ninguna cara, en ningunos ojos.

No estás, aunque me esfuerce porque vuelvas. No estás, y sin muchas ganas de remover la tierra de derrumbes antiguos, llegas. Porque la memoria tiende a actuar sigilosamente en los momentos menos esperados, de repente, sacando su lado más letal, empuñando detalles sutiles para golpearte. Justo ahí, recurro, recurrimos al inútil vicio del hubiera y comienzo el disparatado juego de preguntas sin sentido: qué hubiera pasado si… Una y otra vez, vuelvo, volvemos a preguntas retóricas, como un vicio enfermizo.

De todos los que tenemos, ese resulta ser el más asfixiante: el de preguntarnos, cada vez que las cosas no nos convencen lo suficiente, cómo habrían sido de otro modo: del modo en el que no sucedieron, del modo en el que decidimos que no serían. Nos gusta imaginarnos un escenario hipotético, siempre hipotético, y en el ansia por volverlo real, comenzamos a despedazarlo: qué ropa llevábamos, cuáles palabras usamos, qué fue lo que sentimos, de qué manera pensábamos, cuáles eran nuestros anhelos de entonces, qué pasado nos trazaba el presente y qué futuro imaginábamos trazar y por qué, por qué razón la vida fue así y no de otro modo.

Pareciese que nos gusta tener vicios que, de alguna manera, de cualquier manera, terminan por angustiarnos. Somos, por pasatiempo, por especie o por vicio, quién sabe, seres inconformes, inconformes y relojeros: giramos la memoria al revés, porque no nos satisface que el tiempo gire hacia adelante, como una incertidumbre permanente.

 

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