Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Vicios extremos

Tal vez todo tenga que ver con la herencia furiosa del bipartidismo. Con la política que se hacía en Colombia hace años con dos sencillos ingredientes: el color inspirador del partido propio y el color hiriente de la divisa del adversario. Tiempos de la política más vibrante, donde no era necesario pensar sino inscribirse en una lista, elegir un bando para adquirir temores y defensas suficientes. Fernando González lo retrataba muy bien hace 80 años en uno de los números de la Revista Antioquia: “… Nuestros becerros son familias liberal y conservadora; no el nacionalismo; no el odio al país vecino, sino el odio a los hermanos; nuestro fin es destruirnos mutuamente, dentro de las fronteras. A esas dos monstruosidades sin ideal, sin programas, nombres vanos, jóvenes, ancianos y mujeres sacrifican su honor, sus hogares y sus conciencias”. Y hablaba de los “oficios de insultar y sembrar odios” desde la prensa. Oficio que ahora se ejerce más directamente desde las redes sociales.

Van cambiando los nombres de los antagonismos. Se han desteñido los colores de los partidos históricos, pero se encuentran nuevos enconos para hacer una política más primaria, lograr unos electores más obedientes y señalar unos políticos más imprescindibles. Las Farc se han convertido en el mejor argumento para llevar la política hacia los extremos. Las guerrillas en armas lograron ser el principal ingrediente de al menos seis elecciones presidenciales en los últimos 40 años. Bien fuera por las promesas de aniquilación/negociación. Un grupo insignificante políticamente logró ser protagonista por medio de la amenaza armada. Ahora, luego de su desmovilización, han encontrado un nuevo protagonismo como centro de discordias irremediables. Las Farc han terminado por contagiar de extremismo el ánimo de la opinión pública. Para algunos, constituyen un ingrediente indispensable del debate, un punto de referencia que los hace visibles y diferentes, al tiempo que les ayuda a situar a sus rivales en los territorios del peligro. La desmovilización de las Farc ha demostrado que la guerra política puede ser más larga que la lucha armada.

Un texto reciente del salvadoreño Joaquín Villalobos deja claros los riesgos de esa política que alienta el desprecio por el adversario. El Salvador vivió un momento parecido al actual que vive Colombia y solo logró lecciones dolorosas. Un acuerdo de paz logró que la guerrilla dejara las armas, que cesara la violencia política y los fraudes electorales, y que presidentes y parlamentarios fueran electos sin los sobresaltos de los golpes militares. Villalobos define lo que siguió: “La polarización no solo impidió plantearse una política de Estado, sino que también evitó un encadenamiento positivo de las políticas de seguridad de seis gobiernos. Estos aplicaron la lógica de deshacer lo que el otro hacía o de actuar en sentido opuesto, de esa forma la seguridad ha ido de mal a peor y de peor a desastre. Al final, un problema social terminó convertido en una nueva guerra”.

El resultado: las Maras, que bien podrían ser un equivalente de nuestras bandas criminales, llámense bacrim o farcrim, tomaron buena parte del control en las ciudades y el campo y El Salvador tuvo más homicidios en sus 25 años de paz que durante los largos años del conflicto. En medio de la crispación, de la política bajo los signos del miedo y el odio, los extremos adquieren una relevancia que no merecen mientras los criminales juegan al pragmatismo de siempre. La política logrará el control de los electores y el crimen el control de los territorios.

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