Conversatorio de Colombia 2020

hace 5 horas
Por: Pascual Gaviria

Vicios notorios

LAS NOTARÍAS HAN VUELTO A SONAR como monedas viejas, preciadas antigüedades que conservan intacto su valor de cambio a la hora del pago de servicios clientelistas. Todos los gobiernos guardan los números de las notarías, como balotas, en una pequeña bolsa negra de terciopelo que van usando según sea necesario. Una para Yidis, otra para Teodolindo, una más para los hermanos Uribes… para que conserven la fe.

El país ha intentado durante 40 años que las notarías se entreguen siguiendo un concurso de méritos. Primero una ley, luego un artículo de la Constitución, más tarde dos sentencias de la Corte Constitucional exigiendo el concurso. Pero los notarios conocen de sobra la arritmia de los juzgados y son expertos en algunas palabrejas —petitorias, solicitaciones, requerimientos, consultas— que obligan a levantar nuevos pisos sobre las torres grises de los archivadores.

Cuando todo parecía indicar que iban a tener que responder unas pregunticas sobre su oficio, se soltó una verdadera avalancha a manera de respuesta: 340 tutelas, 1.300 recursos de reposición, 2.200 derechos de petición, acciones de cumplimiento, demandas de inconstitucionalidad, acciones populares. Lo último fue mover una ley, en acuerdo con sus padrinos y beneficiarios en el Congreso, para que el valor del examen de conocimientos no fuera de 40 sobre 100, como estaba establecido, sino apenas de 25 sobre 100. Además pretendían que el notario reprobado, expropiado, según ellos, tuviera la potestad de elegir al feliz heredero de su franquicia.

Fue España la que nos legó la venerable institución de los “guardianes de la fe pública”. Dicen que un tal Rodrigo Escobedo fue el primero en ejercer su ministerio de mañas y solemnidades en estas tierras. Venía con Colón y levantó un acta dejando constancia de que los indígenas no habían mostrado desacuerdo alguno frente a la ocupación a nombre de los reyes. No es raro que un cacique haitiano le haya respondido con una lanza a cambio de sus sellos. Es verdad que los escribanos han perdido su pluma y su capa, pero conservan un aire de magos turbios detrás de sus cabinas. Sus casas parecen museos de pueblo, siempre bien trapeadas, siempre llenas de antiguallas falsas y puertas prohibidas. También me recuerdan el aire esterilizado de las casas curales y su contraparte de secretos con aliento mohoso. Muchas de ellas amenizan su inercia con bambucos orquestados. Casi 900 notarios despachan en Colombia, entregando su garabato como prueba de nuestros vicios de papel y nuestros demonios de política.

Un reciente candidato a la alcaldía de Medellín firmó ante notario público sus promesas de campaña. Era claro que no tenía nada que perder. La diligencia no le traería obligaciones sino un simple aval oficinesco. Para la demagogia pomposa sirven las notarías. Y para repartir almuerzos en los domingos de elecciones.

Pero los notarios no sólo llevan años evadiendo un concurso mientras empapelan juzgados y sirven como tenientes electoreros. Muchos de ellos también son tibios a la hora de reportar las transacciones sospechosas de convertir los dólares narcos en plata blanca. Más de 400 de estos señores y señoras de silla giratoria, reclinable e inamovible han desconocido las circulares y los llamados de atención de la Unidad de Información y Análisis financiera. Les hablan de sanciones disciplinarias y penales y se ríen entre dientes. También la DIAN debe seguir a los resbaladizos de oficio. Cansada de cobrar 1.130 millones que recaudaron 30 notarios intuitivos por concepto de IVA y retención en la fuente, le entregó al presidente Uribe la lista con sus nombres para que se les impongan sanciones. Nuevas risas. Y ahora resulta que además de todo pueden ser pelioneros a la salida de los baños. Sabíamos que eran marrulleros y lagartos, pero no que mordían.

wwwrabodeaji.blogspot.com

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria

Ministerio del superior

Reducir la política

Messias Bolsonaro

Justicia en negativo

Envenenar la receta