¿Victimaria?

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Escribo desgarrado por el cuestionamiento ético que me ocasiona el evento al cual me referiré. No queda resuelto con lo que escribo y me habitará interpelándome.

El 10 de diciembre, al cierre del seminario que el profesor Fabio Silva dirige en la Universidad del Magdalena sobre la antropología de la violencia, una estudiante me preguntó cómo me había sentido trabajando con una victimaria. Se refería a María Eugenia Vásquez Perdomo, quien fue guerrillera del M19 y publicó el libro titulado Escrito para no morir: bitácora de una Militancia**, partiendo de la tesis que le dirigí en la Universidad Nacional para que obtuviera su título de antropóloga.

Me quedé mudo porque nunca imaginé una pregunta así. Al fin dije que más bien ella quizás había sido víctima del adoctrinamiento en los hábitos del activismo. De ahí que escribiera: “Me sentía encarnada en una organización, como parte de un pueblo y militante de una causa mundial” (416). Sin embargo, llegando a la adolescencia, pero muy lejos de ella, murió su hijo Juan, de modo que “cuando el dolor y la tristeza tocaron a mi puerta (…) miré en torno buscando la mano multitudinaria de mi amada abstracción y tropecé en el silencio. Estaba sola. Solo mi cuerpo, solo el corazón” (416).

En adelante crecieron “los desencuentros entre lo que queríamos ser y lo que éramos”, de modo que optó por continuar con la formación académica interrumpida por el activismo. Me contactó luego de saber que yo aplicaba el Diario Intensivo de Ira Progoff para identificar al titiritero silencioso que puede orientar y modelar nuestras vidas. Cuando terminó nuestro primer encuentro hacia mayo de 1989, había aceptado el reto de poner la mente en algo parecido a la vigilia y de allí recuperar recuerdos, sensaciones, experiencias y emociones perdidas. Las pasaba a una servilleta de cafetería o a los recibos del teléfono, con tal de que no se le escaparan. Me los llevaba para transcribirlos y narrarlos con los contextos que aparecen en la publicación.

Como dentro del Eme “lo personal ni se mencionaba” (437), se propuso fortalecer su individualidad para que dejara de estar marcada por la obsesión tanto por la muerte que ella deseaba para extirpar su dolor, como la que podría tomarla por sorpresa. Así casi le sucede cuando —ya iniciado el proceso de paz— fue víctima de las granadas que dos agentes del DAS le lanzaron cuando estaba en la cafetería El Oeste de Cali, junto con Antonio Navarro y Carlos Antonio Lucio. Navarro sobrevivió sin una pierna y ella con cientos de esquirlas incrustadas en la piel. A los dos años, un policía ejecutó a Afranio Parra, quien había sido su maestro y guía, por lo cual escribió: “Debió saber lo inevitable porque lo tenían amarrado cuando el cañón del arma le cantó al oído su tedeum…” (424). De ahí que odiara un “proceso de paz que desarma mentalmente a los guerrilleros y no a los asesinos” (422).

Entonces, por primera vez estuvo en un velorio. Asomada al féretro dijo: “Afra, viejo, … si no entierro contigo esta tristeza y a todos mis muertos no sepultos, me muero” (423). Y continuó conquistando su individualidad, en medio de la soledad debida a que para casi todos sus conocidos no militantes, ella representaba una posibilidad de muerte. Al mismo tiempo, aprendía que la cotidianidad ya no consistía en la guerra entre dos bandos, guiada por una “gran causa”, y en 1998 recibió el Premio Nacional de Cultura.

No obstante, hoy pienso que si yo la hubiera tratado como victimaria, quizás no habría contribuido a un logro que detalla la compleja y dolorosa reinvención mental y emocional necesaria para reinserciones imposibles sin superar los hábitos insurreccionales. Dentro de los procesos de paz, esa reformulación no es tan prioritaria como la del empleo o la participación política, vacío que debería evitarse para que no pavimente el camino hacia la disidencia.

Nota: esta columna reaparecerá el 12 de enero de 2021, con el deseo de que —en su encierro— a lectoras y lectores los acompañen lecturas enriquecedoras.

* Profesor, Programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia.

** Publicado en 2000 por el Ministerio de Cultura por el premio al Testimonio.

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