Por: Eduardo Barajas Sandoval

Victoria de Nueva Democracia

Las viejas calles de Atenas, como las de tantas otras antiguas polis griegas, presenciaron el domingo, otra vez, el desfile de los ciudadanos a manifestar su voluntad política. Todos los discursos pregonaron que se trataba de un momento crucial de la historia. Advertencia idéntica a las de hace más de dos mil años, y tradición respetable, pues ya se sabe que el rumbo de una nación se puede torcer, o enderezar, según quien llegue al poder.

Ya era hora de ajustar cuentas del proceso de sometimiento a las reglas impuestas desde fuera, para que la economía griega y el país se pudieran considerar al otro lado del túnel y listos para emprender de verdad una nueva era. 

Alexis Tsipras estaba rindiendo el examen final del gobierno que tomó en sus manos hace cerca de cuatro años. Había llegado al poder a los 40, aupado por su mentor y padrino Alekos Alavanos. "Llegó muy alto, muy joven", dijeron los abuelos sabios en los cafés de aldea. Claro, sin haber hecho el curso, y con el riesgo de envanecerse con el disfrute de las golosinas del poder, que suele afectar a los gobernantes jóvenes y súbitos. 

La crisis mundial de 2008 había encontrado a Grecia fuera de base. El gasto público, disparado por la competencia populista entre conservadores y socialdemócratas, llevó al país al borde de la bancarrota. Las puertas de salida eran dos: emprender el Grexit, esto es la salida abrupta de la Unión Europea, para irse por allá al vecindario del mundo periférico, o someterse a las fórmulas típicas que en esos casos recetan tanto la Unión como el Fondo Monetario Internacional. 

Las ofertas de Tsipras, en ese momento, pusieron en evidencia otro refrán de los viejos veteranos: “La gente, en política, cree más fácilmente una mentira grande que una pequeña”. Ofreció enfrentar "dignamente" a los poderes extranjeros. Defensa de la dignidad que, cuando se vuelve credo público, puede llevar al jefe a navegar confortablemente mientras su pueblo sufre y sobrevive, en medio de la desgracia, con el alimento del discurso que le vendieron.

También ofreció defender a los ciudadanos de las tribulaciones de la anunciada carga impositiva, y protegerlos de toda una serie de sacrificios que implicaban la exigencia europea de austeridad. En fin, con un listado largo de imposibles, consiguió ser elegido para gobernar, por un pueblo que se aferró a su propuesta como náufrago que se agarra del primer palo que le permita flotar. Los partidos tradicionales estaban desautorizados, de antemano, por su ineptitud, y mal podían alegar en su favor sus propios pecados.

Desde el primer momento, Tsipras quedó atrapado entre el mandato para desarrollar un programa imposible y la necesidad de atender obligaciones externas inescapables. Situación contradictoria y sin salida. Como en toda tragedia griega: cualquier cosa que hagas te puede llevar por el camino de la desgracia; pero el solo hecho de tener opciones a la mano permite la esperanza de que el desafío al destino y la aparición de una ráfaga de fortuna te puedan sacar adelante.

A la hora de la verdad, el joven gobernante, y prometido rebelde contra las imposiciones internacionales, terminó más bien por cumplir con las obligaciones impuestas por la Unión y el Fondo, al tiempo que el país recibía, para devolverles cuanto antes a los banqueros, tres préstamos de 289, 259 y 326 billones de euros, con la promesa de poner la economía al día para 2018. 

Menos mal que no se le ocurrió inventarse una versión elena de “socialismo del siglo XXI”, como lo temieron muchos de sus contradictores, que recordaban sus épocas de joven líder del Partido Comunista Griego. Sus amigos admiten ahora que con ello habría podido llevar al país al despeñadero pues, reconocen, no es posible enfrentar aisladamente, y mucho menos desde una situación de desventaja, al gran bloque del poder del capitalismo internacional, que tiene en sus manos tantas palancas, registros y botones.

Lo cierto es que, cualquiera que hubiere sido el gobierno de Grecia, había que cumplir. Por eso, no sirvió de mucho una consulta popular que, mediante referendo, decretaba la rebeldía contra la UE y el FMI. Tampoco la activación de un cierto resentimiento histórico nacional en contra de los alemanes, que hoy, bajo el mando de Angela Merkel, no tienen que ver con los que cometieron atrocidades en las aldeas griegas en la Segunda Guerra Mundial y se llevaron el Tesoro del Banco Nacional.

Como era de esperarse, el cumplimiento de los requerimientos extranjeros produjo desencanto popular. Para desgracia del gobernante, así fuese considerado una de las 100 personas más influyentes del mundo, tanto su conducta como la de sus conciudadanos no fueron comprendidas. En el interior, por los desilusionados. Y en el extranjero por los practicantes de la austeridad, que no alcanzaban a entender cómo, en plena crisis, los griegos llenaban cada noche las tabernas y seguían vociferando, como jamás dejarán de hacerlo, porque les gusta vivir y llevan 25 siglos al impulso de la más profunda y radical práctica de la economía naranja.

Bien que mal, el gobierno de Tsipras, con su ímpetu juvenil, y un discurso que a muchos recuerda la música clásica de la vieja izquierda europea, terminó por sacar al país adelante, después de entender que no es viable desarrollar una política contra el sistema y permanecer en las entrañas del mismo. Sin que todo el mundo esté contento, claro está, logró el cumplimiento de las obligaciones del “rescate” y un crecimiento del 1,3% en el primer trimestre de 2019.

No obstante lo anterior, lo cierto es que sus otras promesas, las originales, esas que lo presentaron como alternativa salvadora, no se cumplieron.

La primera campanada de anuncio del agotamiento de la era Tsipras fue el resultado de las recientes elecciones locales y europeas. Ahí comenzó a surgir otra vez el juego de fuerzas que permitió advertir la resurrección de la derecha democrática, con el liderazgo de Kyriakos Mitsotakis, que con talante de reformador supo traer al partido Nueva Democracia un poco más hacia el centro.

El triunfo de Mitsotakis resultó holgado. Con la regla que en Grecia confiere 50 curules adicionales al partido que mayor votación obtenga, tendrá mayoría absoluta en el Parlamento. Por lo tanto, ningún obstáculo para el cumplimiento de su programa neoliberal, en el que ha puesto el empeño de los creyentes en el modelo. De algo le habrá servido, o echado a perder, el haber estudiado en Harvard y en Stanford, y el haber trabajado como banquero. La idea es, "ahora sí", superadas las equivocaciones de otra época, "darle un impulso nuevo al país", con la consabida política de fortalecer el emprendimiento mediante la protección de los negocios, comenzando por los de mayor tamaño. 

Ahí está otra vez en el gobierno el partido fundado por Constantinos Karamanlís, autor de la restauración democrática después de la horrible aventura de "los coroneles", y conductor exitoso de la nación hacia la ciudadela de la Unión Europea. Partido inspirado en el liberalismo económico y otrora contradictor del hoy fenecido Pasok, Partido Socialista Panhelénico, de Andreas Papandreou, con el que compitió por el favor popular, bajo el contagio mutuo del populismo, hasta llevar al país a la ruina.

El símbolo de Grecia, menos mal, es el ave fénix. Por eso, por allá cada quien en su "períptero", cada empresa, y hasta la nación misma, son capaces de resucitar como la cosa más normal de las vueltas de la vida. Así Mitsotakis, que se posesionó menos de 24 horas después del triunfo, empieza a gobernar con la experiencia de haber sido oposición. Y en sentido contrario, como debe ser, y sin pedir cuotas ni embajadas, sin hacer trampitas ni guiños, ni tirarse con mañas las cosas en el Parlamento, Tsipras comenzará el ejercicio de la oposición, como lo anunció con entusiasmo ejemplar la noche de su derrota, tranquilo y optimista, después de llamar a su rival para felicitarlo. Ya el péndulo, en esa democracia siempre vieja y siempre nueva, echará para el otro lado. Como debe ser, llegado el tiempo imprevisible de su ritmo, que es el de la historia.

En medio del optimismo de cada nuevo período de gobierno, flota en el cielo griego, como de costumbre, una nubecita que no se sabe si mejora o daña el paisaje: el retorno al poder de una de las dinastías políticas que han gobernado al país, si bien no con la extensión y consecuencias de las que se pueden encontrar en otras partes, pero que plantea las incógnitas de siempre sobre el oficio de gobernar y la calidad de la democracia.

Un profesor extranjero dijo la noche de las elecciones, al ver los resultados, y ante la promesa del nuevo primer ministro de llevar al gabinete "gente nueva" como ya lo había prometido a lo largo de la campaña, que "la renovación, en países con tradición política dinástica consiste en que siempre aparecen caras nuevas, pero eso sí de las mismas familias". Enseguida, eso sí, recordó también algo que puede resultar reconfortante, aun para quienes no viven pendientes de vanidades: la Facultad de Ingeniería de la Universidad Politécnica de Atenas quedó este año en el séptimo lugar en el mundo, según el Ranking de Shanghái. De esa Facultad se graduó hace pocos años Alexis Tsipras.

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