Por: Mauricio Rubio

¿Victoria feminista?

Victoria Sandino rodeada de feministas, acogida por el establecimiento político, mediático y académico, muestra que el tránsito de la insurgencia al activismo fue fluido.

Esta metamorfosis no afectará la oposición al sistema, que ha evolucionado pero persiste. La segunda ola feminista desafió al capitalismo. Con otros movimientos marxistas radicales, aquellas militantes buscaban transformar la sociedad desde las raíces. Identificaron contradicciones de la economía de mercado que exigían revolcón total. Posteriormente, las “energías utópicas” declinaron. Hoy se reconoce que feminismo es igualdad de derechos, empoderamiento de la mujer y liberación femenina, pero no necesariamente revolución ni estatismo.

Las feministas que fueron insurgentes sí mantienen la voluntad de cambios profundos y un poder central fuerte, “en consonancia con las luchas anticapitalistas, antipatriarcales, antiimperialistas, antihomófobas y antirracistas”. Arrancan cómodamente colinchadas: despotricando del sistema que ahora disfrutan, las protege y hasta las subsidia. Sus diagnósticos son acertados y rigurosos: “Farc-Ep fue para las mujeres rurales una opción de vida diferente, una oportunidad para escapar de una realidad de exclusión, discriminación y opresión”. Plantean objetivos realistas concordantes con sus luchas “contra la violencia de género, la violencia obstétrica, el derecho a una educación sexual integral”, que han garantizado “los derechos sexuales y reproductivos que respeten la toma de decisiones de las mujeres sobre sus vidas y sus cuerpos”. Esta pretensión la refutan algunas víctimas a quienes menosprecian por actuar al servicio de la extrema derecha, un insólito volantín cuando también provienen de la subversión armada.

Sus propuestas son concretas y puntuales “en contra de imaginarios, discursos y prácticas que han agudizado las discriminaciones, violencias y desigualdades en mujeres, hombres y divergencias sexuales y construcciones identitarias que sufren la división clasista, racista y sexista, entre otras consecuencias derivadas del capitalismo”. Buscan reinsertarse para redimir incluso a congéneres educadas y profesionales, pero atrapadas en la trampa ideológica del sistema que las engaña con un falso sentido de la libertad. “Ellas, a pesar de salir al campo productivo y recibir los ascensos sociales, realmente han sido sometidas a la triple jornada laboral, a la criminalización de su cuerpo por la decisión sexual y no reproductiva”.

Su lenguaje es directo y accesible. “El feminismo insurgente comprende que la transformación entre la estructura y la superestructura está ligada dialécticamente”. Y sus intenciones para cuando lleguen al poder son atractivas para todas y todos. “Deben erradicarse frases, chistes y comentarios que por su contenido subvaloren, ridiculicen o denigren a las personas por el hecho de ser hombres o mujeres, o por sus condiciones étnicas, físicas o de orientación sexual y su construcción identitaria”.

Lo que resulta bien difícil de digerir es que un feminismo de estas características haya logrado cautivar aliadas no insurgentes y formadas con valores republicanos y democráticos. Difícil no percibir que, en el fondo, existen similitudes metodológicas o estratégicas entre el feminismo radical y la militancia marxista, totalitaria.

La Sandino conoce bien una tecnología eficaz para uniformizar mentalidades y obtener apoyo incondicional: inculcar dogmas desde edades tempranas y hacer compartir experiencias emotivas en rebaño. Una imagen impactante de las marchas de mujeres el 8 de marzo fue una participante maquillando con consignas a su pequeña hija, que sostenía una pancarta. Googlear “niñas feministas” fue como un presagio: la militancia posconflicto cultivará la adhesión temprana, pasando de las universidades donde ya tiene acogida a colegios y centros preescolares. “Debe ser una preocupación permanente en la formación y actuación de nuestra militancia educar con perspectiva de género”; preparar a las jóvenes “en nuevas masculinidades contrahegemónicas”. La obsesión se extenderá a revisar otras disciplinas, arte, literatura y cuentos infantiles. Ya abundan anticipos de esta “inquisición de género”, por fortuna con lúcidas críticas locales.

Este movimiento será aún menos pragmático que el marxismo añejo. Desconfiará de reformas puntuales que retrasen la caída del capitalismo. Como la izquierda colombiana, tendrá menor apoyo electoral que influencia en el debate público. La acusación de misoginia o guerrerismo se utilizará para acallar disidencias. Menos mal ya existe un remedio homeopático contra las molestias causadas por ideas demasiado claras: Rosa Blanca. No requiere goticas, ni infusión, basta una alusión.

Sin ser experto en millennials me atrevo a vaticinar dificultades para cautivar a esa generación. Superarlas exigirá realismo, sentido común, cordialidad, un discurso menos trascendental, más atención a las feministas científicas y menos a las plañideras o regañonas, profundizar el humorismo feminista, dejar de estigmatizar al sector privado que emplea mujeres, así sea en coworking, dejar la ofuscación por la agenda feminista como “herramienta útil al capitalismo” e imaginar más propuestas “rock and roll: rápidas, efectistas, que se entiendan”. Una tuitera anota que el feminismo anticapitalista “nos quita a las mujeres el poder de tener independencia económica, ser empresarias y generar riqueza, no gracias”. Tomen nota, Victoria Sandino y aliadas: para hacer política también se necesitan votos.

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