Por: Nicolás Rodríguez

Vida desnuda

Fotos como las que publicó la revista Semana en su última edición, en las que niños indígenas son retratados sin ropa y visiblemente flacos, con hambre, “famélicos” para usar el término empleado por el periodista, le amargan el rato a cualquiera y producen, automáticamente, una ola de indignación.

La receta no es nueva. Hace poco una foto parecida abrió las páginas del New York Times (para ilustrar el consuetudinario tema de la pobreza en algunas zonas de África) y antes de esta, evidentemente, otras muchas han hecho carrera en portadas y material publicitario de agencias humanitarias.

El dilema (porque hay dilema, así el propósito sea “concientizar”) no es entonces la foto en sí misma. Desafortunadamente la foto es más bien convencional. Lo anormal sería que cada que un niño muere de hambre en Colombia, de la odiosa chiva periodística no se pasara a un escándalo. El problema está, mejor, en lo que esconde la imagen, en lo que no aparece en el recuadro: aquello que el cuerpo desnudo del niño no puede decir.

Tal y como queda claro en el artículo que acompaña la foto, lo primero en lo que pensamos ante estas imágenes es en la vulnerabilidad del menor, la necesidad de un médico, la premura de una intervención. El lenguaje que se nos viene a la cabeza, inevitablemente, es el de la ayuda médica. El del socorro y la compasión. Y aunque la revista, en su versión online, publicó otro artículo y le hizo seguimiento al caso específico de los indígenas en Puerto Gaitán (lo que ya es encomiable), el relato se circunscribe, con nuevas fotos, a la malnutrición. Y de nuevo, entonces, al tema de la lástima y la mirada con pesar. Al campo, pues, de la intervención humanitaria.

Y así, nos quedamos con el monólogo triste al que invita un cuerpo reducido al drama de una enfermedad, porque a eso se circunscribe, hoy por hoy, el dolor ajeno. A un cuerpo que está ahí para hablar de la vida (y de la muerte) pero que no es, si nos atenemos al filósofo Giorgio Agamben, sino vida biológica. Vale decir: vida desnuda, sin pasado y sin historia. Un cuerpo cansado, enfermo, trajinado, que se da silvestre en alguna región de Colombia, como si tal cosa fuese natural. Un cuerpo, en suma, como salido de la nada, sin contexto, que si de algo nos habla es de una vida sin política.

Entre tanto, otra foto, acaso una caricatura que poco tiene que ver con la de los indígenas en el Meta (pero que sirve de contraste), llama la atención. Ocurre en las calles de Nueva York, en donde ya algunos entusiastas se animan a ocupar Wall Street. “Algún día, cuando se les acabe el alimento, a los pobres no les quedará sino comerse a los ricos”, se lee en un cartel.

nicolasidarraga@gmail.com

 

 

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