Por: Reinaldo Spitaletta

Vieja y nueva barbarie

Somos tragicómicos desde los tiempos de la Patria Boba, que con todo fue como la noción de nuestra primera identidad.

Y luego, llegaron las guerritas y las guerrotas, las disputas por la tierra entre terratenientes, las regeneraciones godas, los Mil Días, el arrebato gringo de Panamá, la entrega del petróleo a las transnacionales, la danza millonaria por una indemnización que nos hizo la “estrella polar” norteamericana.

Nuestra historia, en la que no ha habido ni una sola reforma agraria (o tal vez sí, una contrarreforma, como la de los paramilitares), atravesada por violencias y despojos, hoy nos tiene todavía sin resoluciones de problemas fundamentales, como los de la tenencia de la tierra, la pobreza creciente, el poder en manos de una élite, casi toda blanca, que se cree a veces inglesa, a veces francesoide, a veces con gustos iguales a los de la mafia. O peores. Y con una inclinación vergonzosa y reverencial hacia la suprema potencia mundial.

La mentalidad de colonizados continúa. Mientras en la Cumbre de las Américas, Chávez le regaló a Obama el libro de Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina), Uribe le pidió un autógrafo. Seguimos haciendo “lobby” para la aprobación de un TLC leonino, o para prolongar el negocio del Plan Colombia. Hace muchos años, García Márquez dijo que el narcotráfico era como una especie de venganza latinoamericana contra los gringos. Pero no es así: son los norteamericanos los que le sacan partido al asunto.

Y entonces nos montan guerras, negocios disfrazados de “ayuda humanitaria”, mientras ellos nos venden armas y aviones viejos, nos llenan de glifosato, ponen a las corporaciones internacionales a ganar billete, al tiempo que se consumen casi toda la cocaína procesada en estos criollajes. Ni en la guerra ni en los negocios hay moral. Importa la ganancia, así mueran tantos por aquí y permanezcan trabados millones, por allá.

En los últimos sesenta años –por no ir más atrás-, los que han dominado el país, creen más en los métodos de represión, que en aprovechar los aportes de la civilización. Invierten poco o nada en educación, en cultura, en salud, en empleo, en el bienestar colectivo. Por eso, no ha sido raro, por ejemplo, que a Sangrenegra lo reemplazara Desquite (o cualquier otro), y a éste Efraín González, porque no se han atacado las causas originarias de miserias y violencia. El nacimiento de las guerrillas estuvo vinculado a las condiciones de despojo y hambruna de la población.

Uno no sabía si llorar o reír cuando los gobernantes de turno decían con la muerte de Pablo Escobar, Colombia iba a cambiar. Al capo lo reemplazaron otros; además, ya se había establecido una cultura mafiosa, que aún predomina, no sólo en los narcotraficantes y bandas especializadas, sino en los métodos oficiales y en la política tradicional. La exclusión ha sido bandera y consigna de las élites.

Se han escuchado, en tonos demagógicos, muchos partes de victoria, pero las condiciones que generaron el desgarramiento de la sociedad, continúan intactas. En el caso de los narcos, cuando un padrino cae, llegan en tropel otros a ocupar el mando, a perfeccionar las rutas, a disputarse las plazas, a imponer su ley. Igual ha pasado con el paramilitarismo (también con la guerrilla): los Castaño son reemplazados por otros de peor laya, surgen las eufemísticamente denominadas “bandas emergentes”, los extraditados son sustituidos, hay reacomodamientos. Las ciudades y campos tornan a llenarse de sangre y terror.

Y en medio de la barbarie (¿ha habido civilización en Colombia?), los que más sufren son los que un novelista mexicano llamaba “los de abajo”, son víctimas de los fuegos cruzados, pero, sobre todo, de una larga injusticia. A la cual no se le nota una pronta solución. Al contrario, el paisaje es cada vez más turbio con el crecimiento de la desocupación, con los desplazados forzosos, con las humillaciones sin cuento que padece el desposeído.

Si no fuera por tantas indignidades contra la gente, se podría decir que Colombia es un circo (con el perdón del arte circense). Pero ya ni siquiera hay payasos que digan que hay que reducir la corrupción (o la infamia) a sus justas proporciones.

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