Por: Luis I. Sandoval M.

Vieja y nueva política

El Congreso y el Gobierno que vamos a elegir en 2018, muy pronto, son el primer Congreso y el primer Gobierno del posacuerdo de paz con las Farc. Pero son también los primeros del pos-Odebrecht y los primeros en medio del colapso de los partidos. ¿Qué criaturas resultarán de estos antecedentes?

En mi libro La paz naciente, que ve la luz por estos días, observo que “más que en crisis, el ‘orden político’ colombiano está en descomposición. Una paradoja porque si la paz es una proeza de la política se supondría que la política goza de buena salud. Pero no es así. El asunto es que la paz no puede construirse, una vez terminado el enfrentamiento, sino mediante más y mejor política”.   

¿Serán el Congreso y el Gobierno que vienen mejores que los que hemos tenido en los últimos ocho o 16 años? Pistas hay bastantes para responder esta elemental y acuciante pregunta. Pero cualquiera que sea la respuesta, la realidad es que veremos la continuación redimensionada del pulso, hace rato casado, entre vieja y nueva política. 

Informaciones y análisis vistos en prensa sobre listas inscritas el 11 de diciembre señalan que diez clanes familiares copan el 35% de la representación parlamentaria (Fundación Paz y Reconciliación), que abultado número de las y los candidatos son herederos de exparlamentarios hoy presos por corrupción o parapolítica, que varios de los partidos más tradicionales no tienen empacho en acoger en sus listas gente sospechosa con tal de contar con sus votos, que tienen dueño y son hipotecables.   

Pero, de otra parte, son también notables las candidaturas a Cámara y Senado levantadas por fuerzas alternativas con las banderas de la paz, ya en fase de cumplimiento de acuerdos, la transparencia como respeto irrestricto de los bienes públicos, la modernización y apertura del juego político democrático cuando nuevos actores acceden a él. Es perceptible el esfuerzo de importantes líderes y lideresas, algunos candidatos presidenciales, Gustavo Petro y Clara López, por llegar a acuerdos y conformar listas que constituyan opción definida de nueva política.  

Refresca encontrar nombres como los de María José Pizarro, Ana Teresa Bernal, David Racero (Cámara Bogotá, Lista Decencia), Alirio Uribe (Cámara Bogotá, Polo), Inty Asprilla (Cámara Bogotá, verdes), Gloria Flórez, Rafael Ballén (Senado, Lista Decencia), Antanas Mockus, Iván Marulanda (Senado, verdes-Compromiso Ciudadano), Jorge Robledo, Iván Cepeda (Senado, Polo). Son ejemplos. Unos llegan, otros siguen, todos y todas, reconocidos líderes renovadores, transparentes, exponentes de la nueva política. Las diez curules del nuevo partido es otro elemento del cual se espera contribuya a ampliar los caminos de la política recreada.

Son limitaciones de la nueva política que no se hubiera logrado la megalista de todo el sector alternativo y que no se hubiera contado con la oportunidad para las víctimas al seguir en vilo las 16 circunscripciones territoriales de paz. Pesa muy desfavorablemente también el hecho de haber negado la reforma política prevista en los acuerdos.

No obstante, está mejor casado el pulso entre vieja y nueva política. Muy importante seguir avanzando sin desmayo hasta consolidar la revolución copernicana que necesita la política colombiana. En la transición hay que pasar decididamente de la política deformada a la política transformada: “Si queremos la paz, revolucionemos la política”.

El 11 de marzo se podrá establecer si el Congreso que viene es mejor que los recientes. Pero no hay que esperar hasta entonces para configurar las opciones presidenciales. Sobre todo en el sector alternativo se hace necesario acelerar el paso y definir a tiempo si habrá consulta interpartidista u otro mecanismo para escoger una fórmula presidencial cohesionadora y triunfadora. 

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