Viejas telenovelas, nostalgias dañinas

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La pandemia golpeó con fuerza a la industria de cine y televisión. La imposibilidad de reunirse en espacios para planear, crear y filmar futuras producciones hizo que hubiera un decrecimiento —y en muchos casos una total suspensión— de la creación audiovisual. Como alternativa, los canales privados colombianos optaron por volver a transmitir telenovelas de hace más de 17 o 20 años. Hoy en día en horarios de alto rating es posible ver Pasión de gavilanes (2003), Yo soy Betty, la fea (1999) y Pedro, el escamoso (1999).

Actrices y actores han denunciado las consecuencias económicas que esta decisión ha traído, pues mientras ellos y el resto del equipo de producción están sin contratos y sin salarios, los canales siguen obteniendo ganancias con viejas producciones. Pero hay otras preguntas que vale la pena hacerse con respecto a esta reproducción de telenovelas viejas: ¿hacen un daño importante al desarrollo cultural del país? ¿Entorpecen la capacidad de reconocernos, pensarnos y cambiar?

Ver estas telenovelas hoy es chocante. En Betty, la fea nos encontramos con una empresa dirigida por hombres en donde se repite una y otra vez que el atributo más relevante de una mujer es su belleza. Pero si somos transgresores y vemos más allá de eso, como eventualmente le sucede al protagonista, podemos apreciar el valor de la obediencia; Betty es sobre todo la mujer callada y diligente que trabaja por años sin visibilidad ni reconocimiento. Pedro, el escamoso reproduce una y otra vez el prototipo del mujeriego “bacán”. Ese hombre que miente y engaña, que hace un daño real, pero como es hacia las mujeres, ese daño vale poco. Pedro es un “tipazo” extravagante y coqueto. En Pasión de gavilanes las mujeres son madres, “brujas” o putas. Sí, se representan la explotación de clase y la opresión de género, pero por el lado, sin denunciar y sin incomodar de a mucho a la audiencia.

Esta semana Disney anunció que incluirá una advertencia sobre el contenido racista de algunas de sus películas clásicas. Ver la caricatura racista del rey Louie en El libro de la selva (1968), representado como un simio sin habilidades lingüísticas que toca en un conjunto de jazz, es casi imposible de digerir hoy en día. En el comunicado, Disney advirtió que los estereotipos que se mostraban en ciertas películas “eran incorrectos entonces y lo son ahora. Más que remover este contenido, queremos reconocer su impacto dañino, aprender de él y generar conversaciones para crear juntos un futuro más inclusivo”.

¿Será que a los dirigentes de los canales nacionales siquiera se les ocurre pensar en un comunicado como el de Disney? ¿Captarán que la normalización del acoso laboral y la explotación sexual es dañina? ¿Será que se siguen riendo de los mismo chistes sexistas, racistas y clasistas que estaban mal hace 20 años y que ahora simplemente son inadmisibles? Pero lo que es aún más preocupante, ¿será que las nuevas producciones intentarán robustecer la idiosincrasia nacional a través de comprensiones más complejas de las realidades humanas o seguirán encarcelando a la audiencia en estereotipos tan predecibles como discriminatorios?

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