Por: Mauricio Rubio

Viejitos queer

En Transmilenio, Lina vio a un anciano con “la mano entre las piernas” haciendo lo que le habían contado que sucede a veces en el transporte público.

Según el relato de Lina, el viejito no era un exhibicionista. “Tapaba su acto con (una) agenda... En ocasiones miraba con precaución para cerciorarse de que no estuviera mostrando más de lo debido”. Lina no sabía qué hacer. Aunque no tan grave como un manoseo, para ella era obviamente una agresión. Dudaba recibir apoyo de otros pasajeros si protestaba. Tomó foto de la infracción, pensó mostrarla en redes sociales pero “difícilmente él se daría cuenta, así que decidí confrontarlo públicamente”.

Puesto en evidencia, el encartado onanista se bajó del bus. El incidente hubiese podido terminar ahí, con una monumental vergüenza, pero Lina y otra pasajera ofendida decidieron perseguirlo. Se dirigieron a un policía que les preguntó si denunciarían esa “injuria por vía de hecho”. Lina no sabía si serviría pero lo hizo. Recordó mujeres “manoseadas, violadas, torturadas o muchas cosas más tanto en las patrullas como en las instalaciones de la policía”. Temió que el señor, con más de 70 años, recordara su dirección y los familiares tomaran represalias. Días después, persistían las dudas y el susto por exponerse al peligro. Varias personas le preguntaron si el sujeto la atacó o sólo se estaba masturbando. Lina justifica su decisión recordando al asesino de Rosa Elvira Cely y a “tantas mujeres a quienes se les ha arrebatado la dignidad y la vida”. Afirma no sugerir que sea “un potencial asesino o violador”, pero piensa que esas conductas las favorecen el temor y el silencio de quienes no denuncian. En la estación de policía, con “largas horas de espera”, esta periodista y doctoranda en Historia no tuvo suficiente curiosidad para charlar con el denunciado, conocerlo un mínimo y averiguar sobre su comportamiento. Optó por la represión sin diagnóstico ni diálogo.

Lina fundó y dirige Sentiido, un semanario virtual de “opinión y análisis LGBT” donde publicó su peripecia. Allí también ha colgado artículos pedagógicos como “Queer para dummies” en el que aclara que ese término, antes utilizado para preferencias no heterosexuales, tiene ahora una acepción más amplia, la de una actitud transgresora: “lo queer representa las sexualidades que traspasan las fronteras de lo aceptado socialmente… La palabra queer utilizada como verbo significa desestabilizar normas aparentemente fijas. Mientras que el adjetivo queer es entendido como raro, torcido o extraño”.

Es difícil no extender ese término al anciano que transgredió pautas sexuales impuestas por el sistema que combaten las minorías LGBT, médula del portal dirigido por Lina. Por su sexualidad mal comprendida y peor satisfecha, el viejito queer tuvo que pasar varias horas en una estación de policía con dos mujeres escandalizadas. Si al ser expuesto en el bus hubiese declarado ser gay, tal vez la angustia de Lina se habría transformado en indagación periodística. Según una investigación hecha con latinos en EE. UU., “alrededor de la mitad de los hombres de las comunidades homosexuales informaron haber tenido relaciones sexuales en un lugar público durante el año anterior”.

Normalmente, Sentiido es una publicación equilibrada, objetiva y sin muchos sesgos. Sorprende que un medio defensor de la diversidad y los derechos sexuales de minorías muestre semejante mojigatería e incoherencia: lo queer sería legítimo para determinadas personas, una reducida  élite, no para cualquier heterosexual; exclusión pregonando inclusión. Que un viejito masturbándose a escondidas evoque a un violador y asesino indica que el activismo igualitario puede ser tan paranoide y discriminatorio como los sectores retrógrados que critica, además de desinformado: la hipersexualidad de algunos ancianos, por ejemplo, a veces resulta del tratamiento farmacológico del mal de Parkinson.

Para completar, gracias a la obsesión de militantes progres, si este viejito hubiera optado por visitar un burdel, en varios países sería considerado delincuente, cómplice de la violencia sexual contra las mujeres, tal como lo percibió Lina. La Promenade, un cortometraje de Marina de Van, destaca que solo las prostitutas muestran compasión por los ancianos o los discapacitados sin chances de tener sexo. Una solución contractual e inofensiva está vetada por puro fanatismo. Con la misma arbitrariedad, ignorancia y falta de empatía de los jueces que en los procesos penales por violación sentencian lo que deberían sentir las mujeres, algunas feministas pretenden definir cuáles deseos o necesidades masculinas merecen atención. Prescriben que los hombres deben reaccionar sexualmente como lo harían ellas, que con los años pierden totalmente ese interés. Decretan que los demandantes de servicios sexuales, sin ninguna distinción, aún septuagenarios, solo buscan someter y humillar al género femenino, aunque las supuestas víctimas les tengan lástima, los atiendan voluntariamente, les cobren por sus cuidados y jamás vayan a denunciarlos: saben que son inofensivos, a veces impotentes, a veces queer.

* Facultad de Economía – Externado de Colombia.

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