Por: Humberto de la Calle

Viejo, mi querido viejo

¿QUÉ CARAJO ESTABA PENSANDO LA Corte Suprema cuando eligió al ilustre magistrado Jorge Castillo en el Consejo Superior de la Judicatura?

No me refiero a la escaramuza entre Del Castillo, Edmundo, secretario jurídico de la Presidencia, y Castillo, Jorge, el agraciado, sobre las exquisiteces jurídicas alrededor de la edad de retiro forzoso. Como suele ocurrir, toda esa parafernalia jurídica, llena de incisos, colgajos de normas y vericuetos legales, encubre el problema mayor.

¿Qué carajos, repito, tiene en mente la Corte sobre lo que se espera del Consejo Superior?

Lo que digo no tiene sesgo personal. Tengo la mejor idea del magistrado Castillo, ciudadano meritorio.

Pero lo cuestionable de su nombramiento es que sigue pesando la rancia idea de que a ese Consejo deben ir unos beneméritos juristas curtidos en jurisprudencias en vez de briosos gerentes expertos en cosas elementales pero decisivas. La crisis de la justicia no es un problema de leyes ni de inspiraciones filosóficas. Es algo más humilde: insumos, reparto de expedientes, logística en las audiencias. Gerencia, pura gerencia.

Por otro lado, está el asunto de los 65 años. La senectud no es deshonra. Pero desde la tribuna de mis seis decenios quiero decir que al Consejo deberían ir enérgicos administradores, no personas cercanas a su jubilación. O ya jubiladas, según se dice. Confieso mi edad para que no se me tilde de discriminar a los vejetes. Sería un caso de autodiscriminación.

El asunto no para allí.

En el Consejo de Estado, otro magistrado, Jaime Moreno García, ha interpuesto una tutela para que no se le remueva del cargo por haber llegado, él también, a esa temida cúspide de los 65 años.

Es un caso distinto. Lejos del intrincado razonamiento jurídico, me parece que tiene razón. Si los 65 es mucho para el dinámico administrador, es apenas la etapa de la madurez para el docto jurista.

El problema del Consejo Superior es genético. Cuando en el 91, a nombre del Gobierno, presentamos el proyecto de reforma constitucional, teníamos en mente un cuerpo ligero, ágil, incluso de profesionales ajenos a la ciencia jurídica. Los abogados, administrando el aparato judicial, somos tan malos como los médicos administrando hospitales. Pero fuimos derrotados por la misma anacrónica visión que ahora ostenta la Corte Suprema. La pesada idea llena de herrumbre, de que el Consejo Superior es una alta corte. La más alta de ellas, dijo Gómez Hurtado.

Grave error.

En cambio, para las verdaderas cortes, las que no deberían preocuparse por la logística sino por la justicia de sus fallos, la edad de retiro debería ampliarse.

~~~

En cuanto al tema jurídico, la sentencia de la Corte Constitucional que pareciera favorecer al magistrado Castillo, en verdad dice algo muy distinto. Señala que no se puede recortar el período de quien, estando ya en ejercicio de un cargo creado en la Constitución de 1991, cumple los 65 años. Por lo tanto, la posición del Secretario Jurídico de la Presidencia era enteramente razonable. Pedir una pausa para examinar a fondo el asunto. La atropellada posesión ante testigos deja un mal sabor y es un mal comienzo para quien, desde su posición, debe trabajar en armonía con el Gobierno. Y con la ley.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Humberto de la Calle

Vientos de guerra

“Fear”

¿Mucho tilín tilín?

Acuerdo de unidad

El salario del miedo