Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Viejos incendios

Cambia el tiempo los cambios de belleza por los gritos de horror. Mirar con la perspectiva de los años y los estragos tiene ventajas y trae frustraciones. Ahora no se celebran algunos males mayores antes vistos como proezas; por el contrario, se señalan, se persiguen, causan revuelos citadinos… Pero siguen sucediendo. Arden igual o peor. Desde la altura de los satélites y los años, el humo sigue siendo el mismo. El rastro que deja la Tierra al girar, una huella de codicias y necesidades, de alardes y supersticiones.

Hace 152 años se publicó por primera vez, en formato de novenario, la Memoria sobre el cultivo de maíz en Antioquia. Un poema, una epopeya campesina, digamos, escrita por Gregorio Gutiérrez González. Alcancé a leerla en el colegio como una tarea que, entre alumnos de séptimo grado, no tenía más reparos que el vocabulario muchas veces indescifrable y el tono de copla que nos parecía digno de tienda.

“Ya el verano llegó para la quema; / La Candelaria ya se va acercando; / Es un domingo a mediodía. El viento / Barre las nubes en el cielo claro. Prenden la punta del hachón con yesca, / Y brotando la llama al ventearlo / Varios fogones en contorno encienden, / La Roza toda en derredor cercando. Lame la llama con su inquieta lengua / La blanca barba a los tendidos palos; / Prende en las hojas y chamizas secas, / se avanza, temblante, serpeando”.

Ahora algunas páginas en internet, con muestras satelitales día a día, nos dejan ver los focos de incendios sobre toda la Tierra. Pequeños puntos sobre un mapa inexplorado para la inmensa mayoría del planeta. “Tiende la noche su callado manto / Bordado con las chispas del incendio / Que parecen cocuyos revolando”. Porque la Amazonia es una especie de geografía de fábula, un “continente” inexplorado e inexplicable al que solo nos queda catalogar el “pulmón del planeta”, en un juego infantil entre anatomía y geografía.

Las imágenes de nuestros más recientes incendios vistas desde los satélites solo dejan perplejidades. El Catatumbo siempre ardiendo, con las calenturas de todo tipo en Tibú y Sardinata. Las obligatorias llamas en Riohacha y en Maicao; los focos, tal vez cocaleros, en La Primavera, Curimaribo y Santa Rita en el Vichada. No parece verse el humo sobre los 30 municipios que según el Ideam concentran casi el 95 % de la tala en el país. Es posible que para nosotros no haya “día del fuego”.

“Vese de lejos la espiral del humo / Que tenue brota caprichoso y blanco, / O lento sube en copos sobre copos / Como blanco algodón escarmenado. La llama crece; envuelve la madera / Y se retuerce en los nudosos brazos, / Y silba, y desigual chisporrotea, / Lenguas de fuego por doquier lanzando. Y el fuego envuelto en remolinos de humo, / Por los vientos contrarios azotado / Se alza a los cielos, o a lo lejos prende / Nuevas hogueras con creciente estrago”.

Según las cifras del Global Forest Watch Fires nuestros incendios en lo corrido de 2019, algo menos de 24.000, están en el promedio de lo que ha pasado en las últimas dos décadas, y algo por debajo del año anterior. Ni Caquetá ni Putumayo, señalados como los focos más recientes de deforestación, aparecen entre los departamentos con más focos de incendios ni se ven claras coincidencias entre coca y llamas. Desde arriba todo sigue siendo incógnita.

“Y nubes sobre nubes se amontonan / Y se elevan, el cielo encapotando / De un humo negro que arrebata chispas, / Pardas cenizas y quemados ramos. Aves y fieras asustadas huyen; / Pero encuentran el fuego a todos lados, / El fuego, que se avanza lentamente. / Estrechando su círculo incendiario”.

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2019-08-28T00:00:54-05:00

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