Por: Lorenzo Madrigal

Viendo “La Cacica”

Alguna vez seguí telenovelas y para nada desprecio el trabajo actoral y de libreto de muchas de ellas. Solaz de trasnochadores (“La Cacica” es a las diez nocturnas), ya no les tengo paciencia y hay otras cosas y preocupaciones como tratar de dormir. Son los años que han llegado.

Me siguen llamando la atención las locaciones históricas, los autos viejos, las épocas de remembranza. Protesto por imprecisiones, pero me agradó que utilizaran Mompox para reflejar Valledupar, en el intento de revivir la infancia de Consuelo Araújo Noguera.

Personajes recientes están siendo descritos y llevados a pantalla y los productores corren el riesgo de los desaciertos que les pueden enrostrar los contemporáneos vivos. Hay actores naturales y hasta parientes de los representados. Cualquier amigo de Consuelo (¡qué susto!, yo con ella familiaricé, pero en el Bogotá cachaco porque no conozco el Valle, la pinté e ilustré su libro) estaría en peligro de verse encarnado en algún guapetón (ja, ja).

Advierto aciertos grandes en la recreación del trato y la vida familiar de la cálida provincia, fresca, de puertas abiertas. Gran actuación, a mi juicio, la de Santander Araújo, quien el viernes pasado, por cierto, se nos murió, y muy linda la pelaíta que fuera Consuelo de niña y, bueno, no tanto la que la reemplazó en otra edad, aunque con semejanza en gestos, modo de hablar y temperamento.

Los jóvenes, como dicen las señoras de Bogotá, chirriadísimos, pero dudo que así fuera el gran maestro Escalona, a quien conocí en su mayor edad, tímido y retraído, como si guardara en su rostro decadente la imaginación de sus letras y el festejo rítmico de sus sones. No soy vallenatólogo y ahora recuerdo el chisme bogotano sobre Alfonso López, como el secreto mejor guardado del país, por el cual se decía que, siendo su promotor, no gustaba de los vallenatos.

A propósito, la presencia de López en la serie y no se diga la de García Márquez, es de chistosa pobreza escénica. A Gabo se le introduce como un vendedor de enciclopedias, que llega sin peso en el bolsillo y presentándose: Gabriel García Márquez, como si para entonces ya fuera el famoso escritor.

Lo que he visto, y no soy autoridad ni del vallenato ni del Valle de Upar, me ha parecido bien. Soy un televidente rezongón, en un sofá incómodo, mientras mi perrito duerme al lado, cubierto con una frazada y a veces ronca.

Espero no perderme “la interesante serie” para cuando llegue el actual contralor de la República a ser pareja de la protagonista, por cierto demasiado protagónica, hasta ver quién va a representarlo. Ojalá tenga la suerte de Escalona. Y veremos si el final nos hace llorar como la realidad, cuando la guerrilla la secuestró y asesinó en indefensión y, seguro, en valiente rebeldía, por las riberas de Guatapurí. Valor, Consuelo, te amamos.

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