Por: Alvaro Forero Tascón

¿Viene más populismo?

ES POSIBLE QUE EL PRESIDENTE Uribe esté advirtiendo sobre la primacía del Estado de opinión, como consecuencia de la pérdida de respaldo a la tercera reelección por parte de sectores que habían sido sus principales sostenes: los Estados Unidos, los empresarios y la clase política.

Es un hecho que aunque estos tres sectores encomian la labor del Presidente, ven más riesgos que beneficios en que Uribe se perpetúe en el poder. Los Estados Unidos ya lo dijeron claramente: dos períodos son suficientes. Los empresarios mantienen la prudencia, aunque gremios tan representativos como la ANDI expresan públicamente su preferencia porque no haya otra reelección. Y la clase política demostró, con la insubordinación del 20 de julio, que la mayoría de parlamentarios prefieren los precandidatos de sus partidos sobre Uribe.

Lo que sucede es que, como los herederos de un anciano enfermo, no se atreven a desahuciarlo por el respeto y agradecimiento que le tienen, pero también por temor a que en caso de que sobreviva largamente, tome medidas en su contra. En el caso de los políticos, no se atreven a desconectar el respirador, el referendo, por temor al testamento.

Y el anciano enfermo, aferrado a la vida, dedica la mitad de sus horas a convencer a los herederos de su indispensabilidad y la otra mitad a recordarles su enorme fortuna electoral. A los autónomos, como Estados Unidos, los colma con ofrendas; a los independientes, como los empresarios, les muestra su capacidad de hacerles daño, sacrificando el comercio regional; y a los dependientes, como los políticos, los amenaza con desheredarlos.

La paradoja es que a pesar de las inclinaciones populistas de Uribe, no sólo no ha invocado la lucha de clases, sino que ha puesto los frutos de ese populismo —su impresionante fortuna política— al servicio de un discurso de cohesión social que justifica la generosidad a manos llenas con que ha prodigado a estos tres grupos. Por eso el Presidente no se resigna a perder su apoyo y está utilizando todas las formas de lucha para tratar de retenerlos.

Pero la pérdida de apoyo no se reduce a estos tres sectores. Encuestas recientes muestran que entre las bases populares el apoyo a la reelección es superior al 70%, pero que en los estratos 5 y 6 no alcanza el 50%. A esto hay que sumar el hecho de que la bandera de la seguridad está empezando a perder atractivo para las capas medias urbanas, ante el crecimiento de la inseguridad en las ciudades y el desempleo. Pareciera que para ganar un tercer período, Uribe sólo contaría con el concurso sincero y decidido de los sectores populares, y con la bandera populista del nacionalismo.

La pregunta es: ¿Si Uribe pierde paulatinamente el respaldo sólido de las élites y de los sectores medios urbanos, terminaría recorriendo el camino clásico del populismo latinoamericano y enfrentando unos sectores de la población contra otros, como insinúa su advertencia de que el Estado de opinión está por encima del Estado de Derecho? Hay un hecho que parece revelador: la decisión del Presidente de arriesgar el futuro del vital comercio regional a cambio de beneficios políticos nacionalistas, indicaría que en un tercer periodo habría que esperar una tendencia más populista que la mostrada en los dos primeros gobiernos.

 

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