Por: Fernando Araújo Vélez

Vientos cruzados

Apenas llevaba dos días de haberse instalado en Berna con su mujer, lejos, muy lejos del bullicioso mundo que lo perseguía, de la Bogotá que odiaba y amaba, de sus amigos y enemigos y de los vientos cruzados, cuando concluyó que su casa estaba en orden ya para terminar de equiparla.

En tono de murmullo, medio enredado porque no le gustaba dar explicaciones, le informó a Sofía que iba a comprar unos cigarrillos y cerró la puerta con fuerza para que ella supiera que se había ido. Tomó un taxi. Le pidió al chofer que lo llevara al centro y que lo aguardara, y en una tienda con apariencia de farmacia compró 17 termómetros de pared. Luego, de un quiosco se llevó su paquete de cigarros y retornó a su casa.

En la madrugada —nunca se pudo explicar por qué debía hacer casi todo a escondidas de su mujer— instaló en su estudio los 17 termómetros, cada uno en un lugar estratégico, y a un metro y 30 centímetros de distancia uno del otro, como suponía él que lo había hecho Lewis Carroll más de 130 años atrás, porque fue por Carroll que se volvió un obsesivo de las corrientes de aire, fue Carroll quien con su ejemplo lo llevó a medir con exactitud la temperatura pues, decía el autor de Alicia en el país de las maravillas, los cambios en uno, dos o medio grado, eran los que provocaban los vientos cruzados.

A la mañana siguiente constató que uno de sus termómetros estaba averiado. Pensó en eliminarlo, pero entonces habría tenido que volver a ordenar todo el estudio. Eligió volver por otros cigarrillos. “Estás fumando mucho”, le reclamó Sofía. Él tosió, masculló quién sabe qué y se largó de nuevo para protestar por su termómetro. Le entregaron uno nuevo con otro certificado de garantía. Compró sus cigarros y retornó. Sofía estaba tirada en un sofá. Doblada. Respiraba profundo. Lloraba. Él le preguntó qué te ocurre. Ella le respondió “tengo retorcijones”. Él pronunció un leve mmm, la tocó, fue a su biblioteca, sacó la última edición del diccionario de la Real Academia, se le acercó, buscó por la “r” y en tono pausado, muy claro, le dijo: “Se dice retortijones, retortijones”. Cerró el libraco y se fue a colgar su termómetro.

 

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