Por: Hugo Sabogal

¿Vino o cerveza?

Estas dos bebidas han entrado y salido del imaginario colectivo, asociándose unas veces con lo popular y otras con lo elitista.

El miércoles por la noche cayó en mis manos un voluminoso informe titulado Los mercados globales del vino, 1961-2009, producido por el Centro de Investigaciones Económicas del Vino, de la Universidad de Adelaida, Australia.

La mayoría de sus 560 páginas contienen información puntual sobre cada aspecto de la producción de uva, así como sobre la elaboración y consumo de vino. En un análisis inicial de su tabla de contenidos encontré dos capítulos que resumen una rivalidad milenaria, que aún sigue vigente: la competencia entre el vino y la cerveza. Una primera lectura muestra, por ejemplo, que la cerveza ha ganado terreno en algunos países productores de vino (para éstos, la “espumosa” es tanto novedad como alternativa), mientras que ha perdido fuerza en naciones típicamente cerveceras o en aquellas que han descubierto el vino mucho después que la cerveza.

Advierto, de entrada, que no vamos a meternos en honduras tales como querer establecer cuál de estas dos bebidas apareció primero sobre la faz de la tierra. Basta decir que ambas vieron la luz en la primera parte del período neolítico, o sea, entre los años 8000-7000 a.C. Desde entonces, una y otra han entrado y salido del imaginario colectivo, asociándose, unas veces, con lo popular, y otras, con lo elitista. Por ejemplo, para los faraones egipcios no había mejor regalo que una vasija llena de cerveza. Pero cuando el vino invadió sus sentidos, se convirtió en el elíxir favorito de los monarcas, relegando al rubio líquido al mundo de las masas.

Esta lucha de posicionamiento social y cultural aún se mantiene y explica buena parte de las cifras compiladas por la Universidad de Adelaida.

Veamos algunas sorpresas: en países altamente cerveceros, como Alemania, Austria, Irlanda y el Reino Unido (con consumos per cápita, en el año 2000, de 119 lts, 129 lts, 169 lts y 105 lts respectivamente), la cerveza presentó caídas de entre 1,05% y 4,30% al terminar  2009. En cambio, estos mismos mercados registraron aumentos del 2,36% al 5,93% en el consumo de vino en el mismo período.

Por otra parte, países vitivinícolas del Nuevo Mundo, como Argentina, Chile y Uruguay, registraron caídas en su consumo de vino, de 0,84% a 3,2%, mientras que, al mismo tiempo, mostraron aumentos en su ingesta de cerveza del 1,53% al 3,32%, en el mismo período de nueve años. En parte, esta tendencia es el resultado de la intensa campaña publicitaria de las marcas cerveceras nacionales e internacionales alrededor del fútbol, el deporte de mayor impacto en esos países. Y también de que el producto se asocia a comportamientos masculinos y a un espíritu de masas. Por su lado, naciones como Francia, Italia, Portugal y España han presentado bajas en el consumo de ambos productos, principalmente como resultado de las estrictas normas policiales contra el consumo de bebidas alcohólicas entre conductores.

Aunque no puede generalizarse, existen varios patrones que sustentan el crecimiento o decaimiento de estos dos productos en los distintos mercados, como resultado, principalmente, de cambios en la estructura poblacional y en el estilo de vida.

Hace tres o cuatro décadas, en sitios como Estados Unidos o Latinoamérica, el vino se percibía como una bebida barata, digna de borrachines callejeros —en razón del bajo precio de los vinos masivos—, o como símbolo de las clases altas que, al concentrar su atención en las más prestigiosas etiquetas, convertían el vino en parte de un ritual alejado del resto de los humanos. También se le consideraba un producto de corte femenino.

En el primer caso, el vino ya ha limpiado su imagen y se ha puesto sacoleva y corbata, y en el segundo, la expansión de las clases medias ha convertido el vino en un puente hacia el mejoramiento social, cultural y económico. Asimismo, el vino —más que la cerveza— se ha percibido como un aliado de la gastronomía y la salud.

Al creciente número de aficionados al vino les atrae, igualmente, el caudal de cepas (blancas y tintas), así como los estilos y las procedencias geográficas del producto (frente a una percepción generalizada de que la cerveza se elabora solamente en un entorno industrial indefinido). De alguna forma, el vino transmite una conexión directa con la tierra y con un pasado bucólico, que mitiga el agitado estrés de la vida urbana.

Además, la ceremonia alrededor del consumo y el vocabulario especializado para describir sus aromas y sabores han agregado un valor percibido a la bebida, mientras que la cerveza se ha mantenido, solamente, como un líquido más, sin ningún encanto adicional (y eso que muchas cerveceras han lanzado productos sofisticados —especialmente las artesanales—, cuyo consumo se asemeja al del vino).

A medida que la sociedad se torna más urbana y menos rural, la cerveza mantiene, igualmente, una asociación más directa con las comunidades marginales, mientras que el vino refleja un estilo de vida ascendente, propio de profesionales.

Adicionalmente, el vino ha salido triunfador en el reciente boom de la gastronomía mundial, a pesar de que la cerveza también combina con muchas comidas. Pero ya está muy consolidada la noción de que no hay nada mejor que un vino para llevar a la mesa.

La batalla, por ahora, no ha terminado. Entonces, ¿cuál de las dos bebidas estará destinada a ganar la pelea? Yo diría que la triunfadora será aquella que atine a leer de manera acertada los sueños y aspiraciones del consumidor. Porque no en vano los estrategas contemporáneos dicen que uno es lo que bebe.

 

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