Por: Hugo Sabogal

Vino y moderación

Históricamente la bebida de la vid ha tenido un fuerte significado cultural como también una dimensión espiritual y religiosa, lo que ha hecho que la cantidad de copas se beban con cautela.

En fechas recientes, una serie de acontecimientos bochornosos, en los que el consumo de alcohol ha estado en primera fila, obliga a reflexionar sobre el comportamiento del individuo frente a las bebidas, especialmente a la luz de su marco histórico, cultural y social. Y también nos lleva a pensar en la naturaleza de las bebidas que invitan a la moderación y aquellas que incitan al descontrol.

Una de las argumentaciones más lúcidas con las que me he encontrado en los últimos tiempos es la del periodista de vinos estadounidense Tyler Coleman, prolífico autor y anfitrión de uno de los más lúcidos y entretenidos portales de Internet: www.drvino.com.

Pero es su libro Wine Politics  (University of California Press, 2008) el que mejor desnuda el manejo socio-cultural, político, económico y estatal del vino a lo largo de su milenaria historia.

El ejemplo escogido por Coleman es, por supuesto, Francia, nación que ha hecho una estrecha simbiosis con la bebida y que, de paso, se ha convertido en un referente para productores y consumidores del mundo por igual.

Para los franceses, el vino forma parte integral de su ser. Acompaña a la mayoría de las comidas diarias y se le bebe sin distingo de clase. Los ciudadanos galos no podrían imaginarse sus vidas sin vino. Y ha sido así desde hace 900 años.

Muchos pensadores y escritores han designado a Francia como “la hija mayor del dios Baco”; o se han referido a los viticultores como “los pilares de la civilización latina”. El vino ha sido tan esencial para su vida diaria que, durante la Primera Guerra Mundial, eran tan importantes el fusil, las botas y la ración alimenticia, como el botellón de vino.

Coleman trae a colación una encuesta publicada en 1987 por la revista L’Histoire, en la que se pregunta a los ciudadanos galos qué significa ser francés. Las respuestas son reveladoras. La cuarta, por ejemplo, fue “disfrutar de un buen vino”. La primera fue “haber nacido en Francia”, la segunda, “defender la Libertad”, y la tercera, “hablar francés”.

No pocos comentaristas han dicho que “el vino es uno de los hitos institucionales del pueblo francés”. Otros han manifestado que el mapa político y social de Francia no es otra cosa que el “mapa del vino”, y otros han llegado más lejos al afirmar que “el vino es una bebida civilizadora”. Según esta visión, los pueblos que cultivan la vid y elaboran vino son, por antonomasia, “civilizados”.

Pero además del significado cultural de beber vino está, por supuesto, su dimensión espiritual y religiosa. Para el cristianismo y el catolicismo —cuyos principales enclaves son los países latinos como Francia, Italia y España, entre otros—, el vino ha sido su gran protegido y su acompañante fiel en la liturgia. Tras la caída del Imperio Romano, en el siglo IV de nuestra era, las comunidades religiosas se dedicaron a proteger este legado cultural y benedictinos y jesuitas, entre otros, mantuvieron viva la tradición dentro de los muros de sus monasterios.

Si bien, reconocemos que el vino es uno de los elementos medulares de la liturgia católica, también es cierto que la conexión religiosa tiene profundas raíces en el Antiguo Testamento, pues, en la Biblia, son más abundantes las referencias a la viña, la vid y el vino que a la miel y a la leche. Además, lo primero que hizo Noé después del Diluvio fue plantar parras. Y en el Nuevo Testamento la bebida adquirió inusitada trascendencia con la transformación del agua en vino por parte de Jesucristo, en las bodas de Caná.

Tan importante como la dimensión espiritual es aquella otra manifestación cultural francesa de no concebir una botella de vino sin un plato de comida. Estos dos componentes son complementarios e indisolubles.

Todo lo anterior no ha hecho más que poner al vino en un nivel de percepción social donde prima la moderación. Incluso, se habla del vino como un hidratante que pareciera no tener alcohol.

Claro está que esta concepción aplica más a la zona sur del país galo. En el norte, otro es el cantar. Por razones climáticas y de temperatura, las bebidas de preferencia son la cidra y los destilados. De hecho, los problemas de alcoholismo y conductas irregulares en Francia son más típicas en el norte que en el sur.

Países tropicales como los nuestros, donde el maíz y la caña han sido las fuentes de nuestras bebidas alcohólicas, el impacto cultural y social es similar al del norte de Francia. El alcohol, por ende, genera actitudes más negativas que positivas, y los hechos de las últimas semanas así lo confirman.

Me atrevería a sugerir que, para superar estas taras, debiéramos apreciar mejor lo que comemos y bebemos, porque, tal vez así, nuestros sentidos se mantendrían más despiertos para apreciar los encantos de los platos y las bebidas, y no caerían presa fácil de los excesos. Pero, hasta ahora, ese no ha sido el discurrir de nuestra historia.

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