Por: Mauricio Rubio

Violaciones y esclavitud sexual

La historia oficial del conflicto tiene elementos foráneos que, sumados al arcaísmo de las “causas objetivas” de la violencia, opacan la “verdad, justicia y reparación”. Además, enredarán la reinserción.

Dos doctrinas importadas son “la violación como arma de guerra” y la esclavitud sexual asociada a tal agresión. Testimonios con enfoque cross-country, muy común en trabajos académicos cuantitativos, sirven para contrastarlas con la realidad colombiana.

Un escenario infame de prostitución forzada inducida con violaciones fue el engranaje que el alto mando japonés estableció durante la Segunda Guerra Mundial para atender a sus tropas con mujeres asiáticas. Aunque inicialmente hubo prostitutas japonesas voluntarias, ante la rápida expansión militar reclutaron a la fuerza jóvenes en varios países.

En 1995, Mun, coreana obligada a atender burdeles militares nipones, contó su historia a Juliette Morillot, escritora francesa. Se trataba de una política oficial y abierta, no la estrategia implícita “que se ejecuta como parte inherente de repertorios de dominio”, que saca de la manga el Grupo de Memoria Histórica (GMH) para Colombia. Al colegio de Mun se presentaron cuatro japoneses, dos policías militares, para “captar voluntarias”. Como el señuelo de promesas laborales no funcionó, recurrieron a la fuerza. A Mun la raptó un coreano que acompañaba a los japoneses. Varias de sus compañeras fueron secuestradas por policías.

No hubo escrúpulos por la edad o actividad de las víctimas. El grupo de Mun era de colegialas, varias prepúberes y una menor de 11 años. “Cuando bajamos al puerto, cualquiera hubiera pensado que se trataba de una excursión escolar. Algunas venían todavía en uniforme”. Les insistían que trabajarían como meseras, por lo que debían vestirse de manera especial. Un oficial las acompañó a escoger sus atuendos. En la violación con la que comenzó su nueva vida participó incluso un médico del Ejército, que se quedó con la menor de ellas. Pronto las degradaron. “La primera semana de mi encierro, recibí más de 20 soldados por día. No tenía sino algunos minutos después de cada uno para lavarme y ya el siguiente empujaba la puerta. Después el ritmo se aceleró y con el paso del tiempo me di cuenta de que los oficiales venían menos y los reemplazaron soldados rasos. Más rústicos. Más jóvenes. Pero menos exigentes. Les temía menos que a los de mayor grado pues no esperaban nada distinto que mi pasividad y llevarlos a un placer que no duraba más de algunos segundos para montarse y evacuar. Los oficiales, por el contrario, querían atenciones. Algunos, tal vez nostálgicos de las geishas de su país, hubieran querido verme bailar o cantar. Servirles vino. Partían decepcionados por la pobreza de mis talentos y como, con la fatiga, el brillo de mi belleza y la atracción de lo nuevo no tardaron en desdibujarse, los oficiales pronto me dejaron de lado a cambio de las nuevas cosechas más frescas de Corea”.

Aún se debate la magnitud de la prostitución para militares japoneses. El historiador Yoshiaki Yoshimi estima en 2.000 el número de centros y hasta en 200.000 las mujeres que con engaños, compra o rapto llegaron de Corea, China, Taiwán, Filipinas e Indonesia para atender en las casas de consuelo comfort houses—, con las que pretendían reducir la incidencia de violaciones, controlar la transmisión de venéreas y recompensar a la tropa por los largos períodos en el frente. El término comfort es la antítesis de las deplorables condiciones en las que estas esclavas sexuales atendían a soldados japoneses, que se referían a ellas como baños públicos. El impacto sobre las violaciones fue mínimo. Un militar declaró que “las mujeres gritaban, pero no nos importaba si ellas vivían o morían. Éramos soldados del emperador. Tanto en los burdeles militares como en las aldeas, violábamos sin titubeos”.

Algunos trabajos sobre el conflicto colombiano casi sugieren que los actores armados, sobre todo los paramilitares, fueron un ejército nipón en pequeña escala. En ¡Basta ya!, informe final del GMH, no sólo se ignora el vigoroso comercio sexual jalonado hace años por el narcotráfico, sino que se machaca el guion militante de que esa actividad es siempre forzada e inducida por violaciones generalizadas y sistemáticas de mujeres enemigas, como en Corea. Una etnografía del mismo GMH sobre la prostitución en el Putumayo contradice esa visión doctrinaria y burda. Con minucioso trabajo de campo, lamentablemente silenciado, se muestra que no siempre, ni siquiera en una guerra, la venta de sexo es obligada.

La violencia sexual en el conflicto colombiano fue primordialmente reclutamiento de menores, abusos dentro del grupo y abortos forzados que, a regañadientes y a pesar de Victoria Sandino, apenas empieza a mirar la JEP. Autorizado oficialmente para abordar un tabú del Acuerdo, creyendo aportar luces, ignorando de nuevo a la Rosa Blanca e innumerables denuncias y críticas, un pazólogo anota con cierto cinismo que es “un crimen del que nadie habla”.

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