Por: Gustavo Páez Escobar

Violencia intrafamiliar

En buena hora el presidente Santos presentó una ley que busca reducir el maltrato contra la mujer y la inasistencia alimentaria.

Se habla de la mujer como la principal víctima de la agresión, pero también se incluye cualquier miembro de la familia sometido a abusos de carácter físico o síquico.

Esta ley fue promovida por la bancada de mujeres en el Congreso y contó con el apoyo del Gobierno por conducto de la alta consejera para la equidad de la mujer. Se contempla una pena de 4 a 8 años de prisión para quienes incurran en esta conducta y además se establece que la persona maltratada no puede retirar la denuncia, bajo el fácil expediente que hoy existe de la conciliación mediante alguna suma de dinero, por lo general de baja cuantía, o por otro sistema similar, lo que no solo conduce a la impunidad del acto cometido sino a que este vuelva a repetirse.

Por otra parte, el hecho puede ser denunciado por cualquier persona que conozca la situación. Esto permite una vigilancia permanente en torno a la vida familiar, no solo por parte de los integrantes de ella, sino de los vecinos o de ocasionales testigos del maltrato. Al eliminarse de esta manera el miedo, la indecisión o la ignorancia de la víctima, que por lo general es una mujer, los agresores reprimirán, sin duda, sus instintos antisociales por el temor de ir a la cárcel. Pero si los cometen, que se atengan a las consecuencias.

En Colombia, país de relajadas costumbres y de leyes laxas, cuando no de jueces ineptos o complacientes, es monstruosa la violencia que se ejerce contra la mujer. Parece que viviéramos en un territorio de bárbaros. A cada rato vemos en la prensa los casos más aberrantes perpetrados por individuos energúmenos que agreden a su propia mujer, a la familiar o a la compañera de trabajo. Y nada pasa, fuera de dejar destrozos incalculables, físicos o morales, en la persona atropellada.

Hay que erradicar la violencia doméstica. De ella se desprenden otros tipos de violencia, que pueden irse incrementando poco a poco hasta llegar a situaciones catastróficas. Esta violencia grande que vive el país quizá sea consecuencia de los estados de ira que respiran muchas almas envenenadas por el odio, el resentimiento o la brutalidad, y que al no existir métodos efectivos de represión y castigo, mañana pueden causar daños irremediables.

El dicho de que “a la mujer no debe tocársele ni con el pétalo de una rosa” es letra muerta para muchos. Hoy la mujer es el mayor objetivo del hombre irracional, capaz de lanzar contra ella los mayores denuestos y vejámenes y emplear incluso la fuerza física. Ese hombre salvaje puede emprenderla también contra sus hijos, con procedimientos acaso más devastadores, porque estos pueden sembrar traumas y dejar cicatrices incurables para toda la vida.

Nos quejamos de la violencia que existe en las calles, en los centros educativos, en las oficinas o en los campos dominados por la guerrilla, pero no nos damos cuenta de que en el propio hogar surgen en ocasiones los mismos arranques destructores o asesinos. Y se cometen actos abominables bajo el amparo de la intimidad y la flojera para denunciarlos.

Ojalá la nueva ley entre a corregir estos desvíos de las mentes iracundas que, si no tienen reparo en pegarle a una mujer (que muchas veces es la madre de sus hijos), tampoco lo tendrán para lesionarla con un arma, e incluso asesinarla. Educar y proteger a la familia es el primer requisito para ser civilizados y miembros dignos de la sociedad.

escritor@gustavopaezescobar.com  

 

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