Por: Uriel Ortiz Soto

Violencia Juvenil nos está acorralando

Es un problema que se veía venir. Las sociedades de hoy, ya no están construidas como las de antaño: sobre los cimientos de principios y valores.

Con las extravagancias de los últimos tiempos, todo se ha ido al olvido, hasta nuestro, Supremo Creador, lo hemos echado de los hogares,  centros de trabajo e instituciones educativas. La cátedra de moral y buenas costumbres, ya no se dicta en centros académicos. El Ministerio de Educación, está llamado a liderarla con carácter urgente, si no queremos recibir más sorpresas hacia el inmediato futuro.

Ante los graves hechos que se están presentando en todos los estamentos sociales, es importante analizar algunas de las causas que están llevando a los adolescentes y jóvenes de ambos sexos, a convertirse en avezados delincuentes. Considero que es un error proponer reformas de tipo penal para judicializarlos,- como lo están sugiriendo algunas autoridades -. Con el debido respeto por quienes así opinan,  es una salida facilista al problema y sería como taponar una olla a presión, para evitar que explote, mientras tengamos en nuestras manos tal responsabilidad. 

Si analizamos con cabeza fría los crímenes atroces cometidos en las últimas semanas, podemos concluir, que todo obedece a falta de educación y pedagogía, frente a los vicios más frecuentes en que incurren,  como son: sexo, aborto y drogadicción, causas principales, que los está echando por los despeñaderos de la perdición. Cuando carecen de medios económicos, se vuelven violentos y agresivos, es cuando acuden a todo tipo de artimañas para satisfacerlos. 

 Con el concepto que a continuación expongo, no quiero decir, estar de acuerdo con su legalización; pero, si, que se les instruya para que tengan un medio de defensa cuando son inducidos por sus compañeros de barrio o establecimientos educativos. Así, las consecuencias sociales y de salud, serán menos dañinas, y se crea en ellos, el sentido de responsabilidad compartida, frente a hechos cumplidos. 
 

Aunque nos cueste creerlo, hay que aceptar que los tres elementos enunciados, se apoderaron de nuestros jóvenes, generando problemáticas sociales que van íntimamente ligadas y asociadas, debido a ambientes hostiles y a comportamientos disimiles, provocados por ausencia de orientación, primariamente en los hogares, y posteriormente en los centros de formación. Lamentablemente, estas conductas son promovidas por comerciantes inescrupulosos, pero, lo más grave,  ante la indiferencia de padres de familia; la sociedad y las autoridades, que poco les importa saber lo que hacen los adolescentes y jóvenes de hoy.

Es indispensable, que en lugar de propiciar debates sin juicio y sin fundamento, que a nada conducen, se analice con pleno conocimiento de causa, tan grave  situación que está permeando todas las capas sociales, y de cara a las estadísticas que nos muestran la cruda realidad, se busquen urgentes soluciones que nos permita una salida definitiva.
Independientemente de si el aborto, la sexualidad y la drogadicción, entre menores, es delito, y apartándonos del fallo que sobre el tema del aborto profirió la Honorable Corte Suprema de Justicia; jamás debemos impedir que se dicte la cátedra sobre estos tres comportamientos, para que  conozcan con verdadero conocimiento de causa, cuales son las responsabilidades que adquieren desde el momento en que deciden ejercer una de estas tres conductas atípicas.

Tenemos que aceptar que por ausencia de principios y valores, nuestras juventudes se están levantando con un desenfreno tal,  que prácticamente nos tienen acorralados. Por eso hay que tratarlos con profesionalismo, a fin de evitar crearles situaciones de conflicto que muchas veces los hacen desertar de sus hogares, colegios y universidades, para refugiarse en galladas, convertirse en desechables, o en delincuentes de la calle; cuando no, es, que, ante el rechazo generalizado, se deciden por el suicidio, o ingresan a grupos de delincuencia organizada.

El sentido de responsabilidad hay que empezar a crearlo desde los hogares. Sin embargo, es preocupante observar las estadísticas de la delincuencia, para comprobar que el mayor índice lo arrojan los  adolecentes y jóvenes, que han vivido el drama de su destrucción. Un niño que ha vivido semejante episodio, queda expósito para coger cualquier clase de vicio. Muchas veces, lo hace como retaliación contra sus padres separados, porque le negaron el derecho a ser feliz.

No olvidemos, que este no es un tema únicamente de ciudades, es generalizado, tanto en las áreas urbanas, como rurales. Existen ciudades intermedias, municipios, corregimientos y veredas, que son verdaderos laberintos de: sexo, aborto y droga; con las graves consecuencias de la delincuencia juvenil.

Este problema requiere de un estudio muy juicioso, con el fin de sacar un diagnóstico social adecuado. Nada de irnos por las ramas, porque a lo mejor no resisten el peso de la responsabilidad que tenemos frente a tema tan delicado, que compromete el futuro de nuestra sociedad.

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