Rabo de ají

Violencia oscura

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La violencia en Medellín sufre extrañas paradojas. El promedio de homicidios de los últimos ocho años suma algo más del 10 % del promedio de muertes violentas en los años macabros de la década del 90, cuando murieron más de 45.000 personas asesinadas en la ciudad. Sin embargo, esa gran disminución de la violencia no ha servido para hacerla más comprensible, menos etérea y difusa, más fácil de combatir. Parece que todo el aprendizaje de los diversos tipos de ilegalidad se hubiera hecho más certero y silencioso, se hubiera repartido geográficamente y alejado de las ideologías, mezclado con las rentas legales y naturalizado en muchos barrios de Medellín. Una indescifrable amalgama, comprimida y gris, que decreta guerras puntuales y pasajeras por el dominio de algunas comunas y corregimientos.

El informe “Medellín, memorias de una guerra urbana”, publicado en 2017 por el Centro Nacional de Memoria Histórica, hace un recorrido que intenta identificar los principales actores y momentos de una violencia cambiante. Un primer periodo desde mediados de los 60 hasta comienzos de los 80 marcado por los ajustes de contrabandistas y los alardes de sangre de los marimberos. Todo complementado por los organismos de seguridad (B2, F2, DOC, DAS) dedicados a la persecución a líderes de izquierda y organizaciones sociales señaladas de acercarse a las guerrillas. El Estatuto de Seguridad amparó esas matanzas “oficiales”. La llegada del MAS como reacción al M-19 hizo que se ligaran grupos de justicia privada y organismos de seguridad.

 

 

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