Por: Mauricio Rubio

Vírgenes y fertilidad

En las primeras comunidades agrícolas, antes del cristianismo, muchos aspectos de la vida cotidiana, y en particular el comportamiento sexual, estaban estrictamente regulados. Se pensaba que la sexualidad sin control podía ocasionar desorden social. Los mayas, por ejemplo, creían que “abusar de ella producía la enfermedad y muerte por la lascivia, mientras que abstenerse mantenía el cuerpo cálido y con vida. El lascivo desprendía fuerzas negativas que afectaban a personas, cultivos, animales débiles y otras fuentes de desarrollo, por lo que debía arrepentirse de su proceder”.

El desafío ha sido encontrar un balance entre el deseo individual y lo que es permitido como parte de una comunidad. Dos aspectos que aún incumben a algunas sociedades son la pérdida de la virginidad o desfloración y la fertilidad. Agradar a los dioses para lograr una buena cosecha ha sido durante siglos un objetivo comunitario con un invariable carácter sexual. Los ritos específicos no atañen a toda la colectividad sino a ciertas personas que realizan actos sexuales en honor de alguna deidad con poder sobre la fertilidad. “Una Diosa Madre, personificación de todas las energías reproductivas de la naturaleza, era venerada con diferentes nombres pero con similaridad sustancial en cuanto a los mitos y rituales de muchos pueblos de Asia occidental, que la asociaban con uno o varios amantes, divinos pero mortales, con los que se apareaba en un intercambio considerado vital para la propagación de animales y plantas”.

Los ritos de fertilidad eran evidentemente colectivos. La desfloración de vírgenes, por el contrario, era un evento de la vida personal pero considerado tan crítico que la comunidad acompañaba a las partes. Entre los incas, desflorar a una virgen sin ningún ritual ni apoyo colectivo era un delito contra el orden familiar, como la violación, el incesto, el adulterio y el robo de mujeres. En Camboya era un sacrilegio abusar de una virgen. Según un antiguo proverbio de los amhara, en Etiopía, “la semilla va al suelo, el suelo nunca llega a la semilla". Así, los ancianos de la familia del futuro esposo van a la casa de la novia para evaluar la posibilidad de una alianza: si la semilla del hombre podrá plantarse en el suelo de la mujer después de haber sido arado por el instrumento de procreación masculino. Las negociaciones se mantienen en secreto porque los futuros cónyuges, temerosos y mal preparados para tan importante decisión, podrían huir. Estos rituales ilustran que “tan crucial e irreversible es el acto de desflorar una virgen que la responsabilidad es más de lo que el novio puede soportar, así que se busca la manera de repartir la carga”.

El historiador Hilary Evans sugiere que de la dificultad para sobrellevar esta obligación surgió el llamado “derecho de pernada” que, según él, ha sido mal interpretado como un acto de tiranía. “En realidad es al revés, es un remanente de la vieja costumbre de la desfloración que refleja un pasivo sobre el gobernante. Ungido de poder divino, es el único suficientemente fuerte para llevar sobre sus hombros todo el peso de la responsabilidad”. Algunas comunidades encontraron una solución que no ponía cargas sobre ningún hombre de la comunidad, ni sobre el soberano: los extranjeros. Ese sería el origen de la misteriosa “prostitución de hospitalidad” con la cual muchas sociedades ponían sus mujeres a disposición de los visitantes por cualquier suma arbitraria.

Los rituales de fertilidad desaparecieron con la urbanización, el avance del cristianismo y la menor influencia de las comunidades paganas. Con nobles excepciones, la pérdida de la virginidad pasó de ser un asunto de apoyo comunitario a uno religioso y familiar para, con la contracepción, el aborto y la liberación sexual, convertirse en un trámite laico individual que a nadie incumbe. La excesiva responsabilidad masculina en la desfloración se revirtió por completo, paradójicamente con ayuda del feminismo: el célebre “es mi cuerpo, yo decido” acabó de liberar a los varones de esa pesada responsabilidad.

Ahora, más importante que la sexualidad aparece la ideología. En un proyecto financiado por la municipalidad española de Vitoria, un ilustrador y una sexóloga crearon unidades didácticas basadas en la pornografía: buscaban destruir los roles de género y “ofrecer una visión feminista del sexo”. Una psicóloga y una enfermera responsables de talleres en colegios les insisten a los adolescentes que “tengan relaciones cuando quieran, donde quieran y con quien quieran”, o sea la antítesis de un ritual: libre albedrío sin ninguna restricción, ni orientación, ni preparación afectiva o mental. La supuesta decisión clave, cada vez más temprana y con apoyo no necesariamente compartido con la familia, parece ser si se asume un rol masculino, femenino o cambiante sin detenerse en detalles corporales tradicionales e inocuos, como el pene, la vagina, la menstruación o el embarazo.

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