Por: Santiago Villa

La virtud de la imperfección

En Pekín, desde donde escribo estas líneas, el primer día de la Conferencia Climática de París coincidió con los peores niveles de contaminación del año.

Ni siquiera cuando hubo una tormenta de arena en abril habían estado tan altos los índices de "materia particulada" en el ambiente.

El apocalíptico panorama gris de la capital de China, con un sol naranja que parecía el planeta Marte y rascacielos ahogados en el smog, correspondía a un nivel de polución 18 veces mayor al que la Organización Mundial de la Salud ha fijado como el límite de lo saludable.

Hubo alerta naranja en la ciudad, lo que quiere decir que algunas fábricas cierran y otras reducen sus niveles de producción hasta que vuelva a bajar la contaminación a la insalubre normalidad china.

Es una respuesta similar a la que ha tenido el resto del planeta hacia el tema de la contaminación planetaria y al aumento en los niveles de dióxido de carbono. La reacción se da cuando la situación es evidentemente insostenible.

La XXI Conferencia sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas, COP21, tendrá los avances más importantes en 21 años de frustraciones. Por primera vez todos los países que asisten tienen algún objetivo más o menos claro con respecto a sus niveles de emisión de gases invernadero.

Ante todo, es un enorme avance que hayan acordado picos de emisión o reducción de emisiones para el 2030 los países que juntos son responsables del 61,60% de las emisiones: es decir China (23,75%), Estados Unidos (12,10%), los miembros de la Unión Europea (8,97%), India (5,73%), Brasil (5,70%) y Rusia (5,35%).

Para esto fue necesario un largo trabajo diplomático, y una fuerte presión política dentro de los países que han aceptado estos compromisos. Los objetivos de Estados Unidos y de China, por ejemplo, se anunciaron hace un año durante una reunión entre Barack Obama y Xi Jinping.

Paris 2015 es el resultado de trabajar sobre el fracaso de Copenhague 2009 y, por supuesto, el de Kyoto 1997. Es el primer paso en la era del acuerdo mundial sobre el cambio climático, y como todo primer paso, está lleno de espinosas negociaciones que devienen en buenas intenciones y comienzos optimistas.

Las siguientes reuniones probablemente tendrán menos brillo, pues los objetivos ya estarán fijos, y a partir de ahora será un asunto de verificar si se cumplen los compromisos o es preciso renegociarlos. A no ser que todos los países logren durante los próximos 15 años un mejor desempeño del esperado, COP21 será la Conferencia Climática de la nostalgia.

El actor decisivo en esta próxima década y media será China. No sólo por ser el principal emisor de gases invernadero, sino porque al ser un país "no-occidental" (y el más influyente) su ejemplo tendrá un mayor poder simbólico sobre los otros países en desarrollo que son grandes emisores.

Hay un potencial problema. China está en un proceso de desaceleración económica, lo que implica una mayor resistencia a aplicar políticas que podrían tener consecuencias negativas sobre los ritmos de crecimiento. Aunque por otro lado, la tendencia económica débil, que según la mayoría de economistas que he consultado no es algo temporal, sino de largo plazo, es también una limitación sistémica a la expansión industrial y a su efecto sobre la emisión de gases invernadero.

Pero en China hay otro problema: a la mayoría de la gente no le importa el cambio climático. Según una encuesta realizada por el Pew Research Center a comienzos de noviembre, sólo 18% cree que el cambio climático es un problema muy serio. En América Latina y África, las regiones donde la mayor proporción de encuestados está preocupada por el cambio climático, hubo promedios de 74% y 61%, respectivamente.

Es algo difícil de creer, dado el nivel de contaminación de las ciudades chinas. El motivo, según negociadores franceses que hacen parte del COP21, es que el Partido Comunista ha disociado la contaminación del aire del cambio climático, que según sus órganos de propaganda, es un problema de países occidentales.

Ahora, el segundo país en el que hay menos preocupación por el cambio climático, después de China, es Estados Unidos, y a causa de los Republicanos, pues el promedio general lo reducen quienes en la encuesta dijeron identificarse con este partido.

Si las respuestas las hubieran dado sólo Demócratas, el promedio habría sido de 68%. De haber sido sólo Republicanos, pues 20%, casi el mismo de China. Las ideología reaccionarias de uno y otro lado del Pacífico tienen mucho en común. Quizás por eso los presidentes Republicanos y Comunistas tienen un historial de tan buena cooperación.

Twitter: @santiagovillch

 

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