Por: Rodolfo Arango

Virtud y democracia

Y EL GOBIERNO DE LA TRANSPARENcia parió su proyecto de reforma política. Ni siquiera elimina el voto preferente que ha envilecido la política al poner a los partidos al servicio de los caciques electorales. Sólo lo desincentiva.

Ofrece a los partidos que presenten listas cerradas un anticipo del ochenta por ciento de la financiación estatal frente a un cincuenta por ciento para listas con voto preferente. Se dirá que para reformar las malsanas costumbres clientelistas hay que ir paso a paso. Sigue así la doctrina turbayista de reducir la corrupción a sus justas proporciones. En lugar de prohibir de un tajo el envilecimiento electoral y obligar a la democratización de los partidos políticos, el proyecto opta por mantener el voto preferente. Ya sabemos los resultados de este mecanismo en algunas zonas del país influenciadas por los parapolíticos. La tolerancia con la corrupción alcanzó para que el Presidente nombrara Embajador en Italia a una persona altamente cuestionada por desmanes en el manejo de los recursos públicos para el campo. Todo en agradecimiento por los favores electorales recibidos. La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino además parecerlo. Ambas cosas faltaron en este caso al Gobierno.

El Barón de Montesquieu en El Espíritu de las Leyes, cuya lectura se recomienda a los impulsores del pomposo pero vacuo estatuto anticorrupción, consideraba que la democracia es el sistema de gobierno más exigente, pues presupone ciudadanos virtuosos. Fiel a la tradición republicana, el pensador francés no concibe la democracia como el gobierno de las mayorías, sino como la autodeterminación consciente del pueblo, lo que exige una educación pública universal, gratuita y de alta calidad. El proyecto de reforma política no olvida incluir un catálogo de deberes morales para los partidos. Pero, en la letra menuda, los desvirtúa. ¡Propone, entre otras cosas, no la pérdida de la curul del político que incurre en doble militancia sino simplemente la sanción que establezcan los estatutos internos de los partidos! No fortalecer la educación pública es echar globos y es no abordar el problema central de la estrecha relación entre virtud y democracia.

El carácter plutocrático del pensamiento hegemónico vigente explica que la reforma política, en su médula, sea un asunto de dinero más que de educación ciudadana. El proyecto reduce los recursos públicos para repartir entre los partidos políticos por partes iguales y aumenta los dineros destinados a los ganadores de mayor respaldo popular. Además, elimina la prohibición a empresas de hacer donaciones a las campañas políticas. Permite ahora que la publicidad gratuita de los medios privados de comunicación cuente como donación a sus campañas preferidas. Se trata de una reforma para atornillarse en el poder y minar a los partidos y movimientos en la oposición. El gobernante, embriagado de poder, toma todo. No entiende que con ello debilita en vez de fortalecer el sistema democrático.

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